—Quiero decir que ya no es lo que era; y al igual de su ropa, habrán cambiado el genio y las mañas...

—¡Ah..., lo veremos luego! Esas son otras batallas que habrá que dar después.

Ambas volvieron la vista, asustadas por un ruido como de disparos que muy cerca se oía... ¡Pim, pam, pum!

—¡Ah!—exclamó Bernardina riendo,—es mi padre que le cuenta al señorito las palizas que dieron á los moros.

—Pues, como te decía, Fidela no me inspira cuidado: se somete á cuanto yo dispongo. ¡Pero lo que es éste..., el pobrecito ciego...! ¡Si supieras qué disgusto nos ha dado hoy!

—¿No le hace gracia...?

—Maldita... Tan no le hace gracia, que hoy quiso matarse... No transige, no. En él tienen raíz muy honda ciertas ideas..., sentimientos de familia, orgullo de raza, la tradición noble... Yo tenía también... eso; pero me lo he ido dejando en las zarzas del camino. Á fuerza de caer y arrastrarme, la vulgaridad me ha ido conquistando. Mi hermano sigue en su antigua conformación de persona de alcurnia, enamorado de la dignidad y de otra porción de cosas que no se comen ni han dado de comer á nadie en días aciagos.

—El señorito Rafael, ¿qué ha de hacer más que lo que las señoras quieran?

—No sé, no sé... Me temo que ha de estallar alguna tempestad en casa. Rafael conserva en su alma el tesón de la familia, como los objetos preciosos que están en los museos. Pero, suceda lo que quiera, lucharemos, y como esto debe hacerse porque es la única solución, se hará, yo te aseguro que se hará.

Los temblores del labio inferior indicaban la resolución inquebrantable, que convertiría en realidad aquel propósito, desafiando todos los peligros.