—Estábamos—dijo el héroe de Berbería levantándose—en los mismísimos Castillejos, cuando D. Juan Prim...

—Allí murió nuestro primo Gaspar de la Torre-Auñón, capitán de artillería—indicó Rafael, volviendo el rostro hacia donde sonaba la voz de su hermana.—Es la gloria más reciente de la familia. ¡Dichoso él!... Conque... ¿nos vamos ya?

—Sí, hijo mío.

—Pues... paso redoblado... ¡Marchen!

En aquel momento salió de su taller el pirotécnico, todo tiznado, las manos negras de andar con pólvora, y saludó cortésmente. Mientras Rafael le hablaba del negocio de cohetes, y él maldecía la crisis industrial que afectaba toda la fabricación de fuegos, haciendo hincapié en la poca protección que daban los Ayuntamientos y Corporaciones á industria tan brillante y á diversión tan instructiva para el pueblo, Bernardina, tomándoles la delantera, acompañaba á su ama hasta el boquete de entrada. «¿Llevo mañana las gallinas?»

—No, todavía no. Me llevarás, de las carnicerías de Tetuán, una buena lengua para poner en escarlata...

—Bien.

—Y un buen solomillo.

—¿Quiere chorizo superior... de Salamanca?

—Ya hablaremos de eso.