—Luego la ropa de cama..., los relojes...
—Todo, todo... ¡Y yo que pensé que se perdía...! Como que los réditos subirán...
—Déjalos que suban—dijo Cruz vivamente, queriendo evitar un cálculo enojoso y denigrante.—¡Ah!, ahora que recuerdo: mañana te daré los diez duros que te debo.
—No corre prisa. Déjelos. Si Cándido se entera, me los quitará para pólvora. Guárdemelos.
—No, no... Quiero saborear el placer, que ya iba siendo desconocido para mí, de no deber nada á nadie—dijo Cruz, iluminado el rostro por una ráfaga de dicha inefable.—¡Si me parece mentira! Á veces me digo: ¿Sueño yo? ¿Será verdad que pronto respiraré libre de esta opresión angustiosa? ¿Se acabó este vivir muriendo? ¿El suceso que está al caer, nos traerá bienandanza, ó nuevas desgracias y tristezas nuevas en sustitución de las que se lleva?
VIII
Quedóse la señora un rato suspensa, el pensamiento lanzado en persecución del misterioso porvenir, la mirada perdida en el horizonte, que ya empezaba á teñirse de púrpura con el descenso del sol entre nubes. El labio inferior marcó, con casi imperceptible vibración, el encabritarse de la voluntad. Si era preciso seguir luchando, á luchar sin tregua; las condiciones de la pelea y la disposición del campo serían sin duda alguna muy distintas.
—Ya es tarde. Debemos marcharnos.
—¿Va la señorita en coche?
—Bien podría hoy volver en simón, y mis pobres piernas lo agradecerían; pero no me atrevo. Tanto lujo pondría en cuidado á Rafael. Iremos en el coche de San Francisco... (Llamando.) Rafael, hijo mío, que es tarde... (Yendo hacia él, risueña.) ¿Qué? ¿Habéis tomado ya toditas las trincheras? De fijo no quedará un moro para contarlo.