—Hijo, no sé. Bernardina trajo una lengua.

—¿Una lengua?

—Sí, para ponerla en escarlata... Y á propósito, hoy comerás un bistec de solomillo riquísimo.

—Sin duda la abundancia reina en la casa—dijo Rafael con sarcasmo.—¿Pues no sosteníais ayer que la situación es tal, la escasez tan horrible, que no nos queda más remedio que entrar en un asilo? ¿Cómo me compaginas el pedir limosna con la lengua escarlata?

—Toma: nos la regala Bernardina.

—¿Y el solomillo?

—¡No sé!... ¿Pero á ti qué te importa?

—¿Pues no ha de importarme? Quiero saber de dónde vienen esos lujos que se han metido tan de rondón en esta casa de la miseria vergonzante. Ó no sabéis lo que es dignidad, ó tendréis que declarar que os ha caído la lotería. No, no vengáis con componendas: esos son los términos del dilema, como diría la bestia, que anoche se traía una de dilemas y de bases y de objetivos que daba risa... Por cierto que no tendréis queja de mí. He respetado á vuestro mamarracho, y no he querido desmandarme en su presencia. Si lo hiciera, me pondría á su nivel. No; mi buena educación jamás medirá armas con su grosería villana.

—Por Dios, Rafael—dijo Fidela sofocadísima.

—No, si no puedo hablar de otra manera tratándose de ese hombre... Cuando se marcha, el olor de cuadra que deja tras sí parece que lo mantiene en mi presencia. Antes de llegar, cuando sube la escalera, ya le anuncia el olor de cebolla.