—Eso sí que no es verdad. ¡Bah!..., no digas desatinos.

—Si yo reconozco que vuestro jabalí procura echar pelo fino, y va aprendiendo á ser menos animal, y adquiere cierto parecido con las personas. Ya no escupe en el pañuelo, ya no dice por mor ni mismamente, ya no se rasca la pantorrilla, que yo, sin verlo, sentía un asco..., y el ruido de sus uñas me ponía nervioso, como si sobre mi carne las sintiera. Reconozco que hay progresos. Buen provecho para ti y para Cruz. Yo no le acepto ni en basto ni en fino, y la puerta que se abra para darle entrada en casa, se abrirá para darme á mí salida... ¡Qué quieres, soy así! No puedo volverme otro. No he olvidado á mi madre: la tengo aquí..., y ella te habla conmigo... No he olvidado á mi padre: le siento en mí, y esto que digo lo dice él...

Fidela no pudo contener su emoción, y se echó á llorar, sin que con esto se aplacara el ciego, que más excitado con los gemidos de su hermana, siguió atosigándola en esta forma:

—Podrán Cruz y tú hacer lo que quieran. Yo me separo de vosotras. Mucho os he querido y os quiero; me será imposible vivir lejos de ti, Fidela, de ti, que eres el único encanto de esta vida mía, rodeada de tinieblas; de ti, que eres para mí la luz, ó algo parecido á la luz que he perdido. Me moriré de pena, de soledad; pero jamás autorizaré con mi presencia esta degradación en que vais á caer.

—Cállate por Dios... No se hará nada... Le diremos que se vaya al infierno con sus millones. Para vivir, yo me pondré de costurera, mi hermana entrará á servir en casa de algún señor sacerdote ó persona grave... ¿Qué importa? Hay que vivir, hermanito... Nos rebajaremos. ¿También eso te enoja?

—Eso no: lo que me subleva es que queráis introducir en mi familia á esa asquerosa sanguijuela del pobre. Esto envilece, no el trabajo honrado. ¡Si yo tuviera ojos, si yo sirviera para algo...! Pero el no servir para nada, el ser una carga y un estorbo no me priva de la dignidad, y otra vez y otra, y ciento y mil, te digo que no cedo, que no consiento, que no me da la gana de entregarte á la bestia infame, y que si persistís, yo me voy á pedir limosna por los caminos...

—¡Jesús, no digas eso!—exclamó espantada la joven corriendo á abrazarle.

Afortunadamente, Cruz no estaba en casa. Cuando entró ya la crisis había pasado, y Rafael, quieto y silencioso en el sitio de costumbre, aguardaba su almuerzo.

—¡Si supieras qué cosita tan buena te he traído!—le dijo Cruz, todavía con la mantilla puesta.—¿Á que no aciertas?

El almuerzo, preparado por Bernardina, estaba ya listo, y se lo sirvieron afectando una alegría que en ambas era la más dolorosa mueca que es posible imaginar. Comió Rafael con mediano apetito el sabroso y tierno bistec; pero cuando le presentaron la golosina, traída por la misma Cruz de casa de Lhardy, un pedazo de cabeza de jabalí trufada, la rechazó con sequedad, diciendo gravemente: «No puedo comerlo. Me huele á cebolla.»