—¿Á cebolla? Tú estás loco... ¡Tanto como te gusta!

—Me gusta, sí...; pero apesta... No lo quiero.

Las dos hermanas se miraron consternadas. Por la noche repitióse la escena. Había traído también Cruz de casa de Lhardy unas salchichas muy sabrosas, que á Rafael le gustaban extraordinariamente. Resistióse á probarlas.

—Pero hijo...

—Apestan á cebolla.

—Vamos, no desvaríes.

—Es que me persigue el maldito olor de la cebolla... Vosotras mismas lo tenéis en las manos. Se os ha pegado de algo que lleváis en el portamonedas, y que ha venido á casa no sé cómo.

—No quiero contestarte... Supones cosas indignas, Rafael, que no merecen ser tomadas en serio... No tienes derecho á ultrajar á tus pobres hermanas, que darían su vida mil veces por ti.

—Por el decoro de la familia os pido, no las vidas, sino algo que vale mucho menos.

—El decoro de la familia está en salvo...—replicó la mayor de las Águilas con arranque viril.—¿Acaso eres tú el único depositario de nuestro honor, de nuestra dignidad?