—Voy creyendo que sí.

—Haces mal en creerlo—añadió la dama, con vibración grande del labio inferior.—Ya te pones pesadito, y un poco impertinente. Se te toleran tus genialidades; pero llega un punto, hijo, en que se necesita para tolerarlas mayor paciencia y mayor calma de las que yo tengo, y cuenta que las tengo en grado sumo... Basta ya, y demos por terminada esta cuestión. Yo lo quiero así, yo lo mando..., lo mando, ¿oyes?

Calló el desdichado, y poco después las dos damas se vestían á toda prisa en su alcoba para recibir á los amigos Torquemada y Donoso. Como Fidela lloriquease, revuelto aún su espíritu por la anterior borrasca, Cruz la reprendió con aspereza. «Basta de blanduras. Esto es ya demasiado tonto. Si nos achicamos, acabará por imponernos su locura. No, no: hay que mostrarle energía, y oponer á sus escrúpulos de señorito mimado una resolución inquebrantable... Ánimo, ó se nos viene á tierra el andamiaje levantado con tanta dificultad.»

IX

Fué preciso llevar á D. José Donoso como parlamentario. Fiadas en la autoridad del amigo de la casa las dos hermanas le encerraron con Rafael, y aguardaron ansiosas el resultado de la conferencia, no menos grave para ellas que si se tratara de celebrar paces entre guerreras naciones enemigas. Estupendo fué el discurso de D. José, y no quedó argumento de agudo filo que no emplease con destreza de tirador diplomático... ¡Ah, no estaban los tiempos para mirar mucho á la desigualdad de los orígenes! Casos mil de tolerancia en punto á orígenes podía citar... Él, Pepe Donoso, era hijo de humildes labradores de tierra de Campos, y había casado con Justita, de la familia ilustre de los Pipaones de Treviño, y sobrina carnal del conde de Villaociosa. Y en la propia estirpe de los Águilas, ejemplos elocuentísimos podrían citarse. Su tía (de Rafael), su tía doña Bárbara de la Torre-Auñón, había casado con Sánchez Regúlez, cuyo padre dicen que fué fabricante de albardas en Sevilla. Y en último caso, ¡Señor!, él debía someterse ciegamente á cuanto dispusiera su hermana Cruz, aquella mujer sin par, que luchaba heroicamente por salvarles á los tres de la miseria... Tocó el hábil negociador varios registros, atacándole ya por la ternura, ya por el miedo, y tan pronto empleaba el blando mimo como la amenaza rigurosa. Mas al fin, afónico de tanto perorar, y exhausto el entendimiento del horroroso consumo de ideas, hubo de retirarse del palenque sin conseguir nada. Á su especiosa dialéctica contestaba el ciego con las afirmaciones ó negativas rotundas que le sugería su indomable terquedad, y cada cual se quedó con sus opiniones, el uno sin ganar un palmo de terreno, ni perderlo el otro, firme y dueño absoluto del campo en que bravamente se batía. Terminó Rafael su vigorosa jornada defensiva asentando, con fuertes palmetazos sobre el brazo del sillón y sobre su propio muslo, que jamás, jamás, jamás transigiría con aquel sabandijo infame que querían introducir estúpidamente en su honrada familia, y no se recató de emplear tintas muy negras en la breve pintura que del sujeto discutido hizo, sacando á relucir la ignominia de sus riquezas, amasadas con la sangre del pobre...

—¡Pero, hijo, si vamos á buscarle el pelo al huevo...! Tú estás en Babia... Te cojo del suelo, y te vuelvo á poner en las pajitas del nido de que acabas de caerte... Sí, porque meterse á indagar de dónde viene la riqueza..., es tontería mayúscula. Ven acá... ¿No andan por ahí muchos, que son senadores vitalicios y hasta marqueses, con cada escudo que mete miedo? ¿Y quién se acuerda de que unos se redondearon vendiendo negros, otros absorbiendo con el chupón de la usura las fortunas desleídas? Tú no vives en la realidad. Si recobraras la vista, verías que el mundo ha marchado y que te quedaste atrás, con las ideas de tu tiempo amojamadas en la mollera. Te figuras la sociedad conforme al criterio de tu infancia ó de tu adolescencia, informadas en el puro quijotismo, y no es eso, Señor, no es eso. Abre tus ojos; digo, los ojos no puedes abrirlos; abre de par en par tu espíritu á la tolerancia, á las transacciones que nos impone la realidad, y sin las cuales no podríamos existir. Se vive de las ideas generales, no de las propias exclusivamente, y los que pretenden vivir de las propias exclusivamente, suelen dar con ellas y con sus cuerpos en un manicomio. He dicho.

Desconcertado y sin ganas de proseguir batiéndose con enemigo tan bien guarnecido entre cuatro piedras, otras tantas ideas duras é inconmovibles, abandonó Donoso el campo, con las manos en la cabeza, como vulgarmente se dice. Era para él derrota ignominiosa el no haber triunfado de aquel mezquino ser, á quien en otras circunstancias y por otros motivos habría reducido con una palabra. Pero disimuló ante las dos hermanas el descalabro de su amor propio, tranquilizándolas con vagas expresiones... Adelante con los faroles, que si el joven no cedía por el momento, el tiempo y la lógica de los hechos le harían ceder... Y en último caso, Señor, ¿qué podría el testarudo aristócrata contra la firme voluntad de sus dos hermanas, que veían claro el campo entero de la vida y los caminos abiertos y por abrir? Nada, nada, valor y adelante; no era cosa de subordinar el bien de todos, el bien colectivo, á la genialidad mimosa del que no era en la casa más que un niño adorable. Finalmente, como á niño había que tratarle en aquellas graves circunstancias.

Cruz no tenía sosiego. Mientras presurosas arreglaban el comedor, poniendo en su sitio los diversos objetos rescatados y traídos por Bernardina de las casas de préstamos, acordaron suprimir, ó por lo menos aplazar, el convite á don Francisco, pues bien podía suceder que surgiera en mitad del festín algún desagradable incidente. Y aquel mismo día, si no mienten las crónicas, recibió Fidela del bárbaro una carta que ambas hermanas leyeron y comentaron, encontrando en ella mejor gramática y estilo de lo que en buena lógica debía esperarse.

—No—dijo Cruz,—si de tonto no tiene nada.

—Puede que se la haya redactado algún amigo de más práctica que él en cosas de escritura.