—No; suya es: lo juraría. Esos dilemas, y esos objetivos, y esos aspectos de las cosas, lo mismo que las bases, bajo las cuales quiere fundar tu felicidad, obra son de su caletre. Pero no está mal la epístola. Pues anoche, hasta ingenioso estuvo el pobre. ¡Y cómo se va soltando, y qué rasgos de buen sentido y observación justa! Te aseguro que hay hombres infinitamente peores, y partidos que sólo ganan á éste en las mentirosas apariencias.

La casa iba perdiendo de hora en hora su ambiente de miseria. Aparecieron colchas y cortinajes, que arrugados volvían de su larga prisión; ropas de uso, que ya resultaban anticuadas, por aquello de que cambian más pronto las modas que la fortuna; dejáronse ver los cubiertos de plata, por largo tiempo en lastimosa emigración, y vajillas y cristalería que incólumes volvían del largo cautiverio.

De todo se enteraba Rafael, conociendo la vuelta de la loza por el sonido, y la de la ropa por el tufo de alcanfor que al ser desdoblada despedía. Triste y caviloso presenciaba, si así puede decirse, la restauración de la casa, aquella vuelta á las prosperidades de antaño, ó á un bienestar que habría sido para él motivo de júbilo si las causas del repentino cambio fueran otras. Pero lo que le llenaba el alma de amargura, era no advertir en su hermana Fidela aquel abatimiento y consternación que él creía lógicos ante el horrendo sacrificio. ¡Incomprensible fenómeno! Fidela no parecía disgustada, ni siquiera inquieta, como si no se hubiese hecho cargo aún de la gravedad del suceso, antes temido que anunciado. Sin duda los seis años de miseria habíanla retrotraído á la infancia, dejándola incapaz de comprender ninguna cosa seria y de responsabilidad. Y de este modo se explicaba Rafael su conducta, porque la sentía más que nunca tocada de ligereza infantil. En sus breves ratos de ocio la señorita jugaba con las muñecas, haciendo tomar á su hermano participación en tan frívolo ejercicio, y las vestía y desnudaba, figurando llevarlas á visita, al baño, de paseo y á dormir; comía con ellas mil fruslerías extravagantes, en verdad más propias de mujeres de trapo que de personas vivas. Y cuando no jugaba, su conducta era de una extremada volubilidad: no hacía más que agitarse y correr de un lado para otro, echándose á reir por fútiles motivos, ó excitándose á la risa sin motivo alguno. Esto indignaba al ciego, que, adorándola siempre, habríala querido más reflexiva ante las responsabilidades de la existencia, ante aquel atroz compromiso de casarse con un hombre á quien no amaba, ni amar podía.

La señorita del Águila, en efecto, veía en su proyectado enlace tan sólo una obligación más sobre las muchas que ya sobre ella pesaban, algo como el barrer los suelos, mondar las patatas y planchar las camisolas de su hermano. Y atenuaba lo triste de esta visión obscura del matrimonio, figurándose también el vivir sin ahogos, el poner un límite á las horrendas privaciones y á la vergüenza en que la familia se consumía.

X

Así lo comprendió Rafael con seguro instinto, y de ello le habló ingenuamente una tarde que se encontraron solos.

—Hermana querida, me estás matando con esa sonrisa inocente, de persona sin seso, que llevas al degolladero. Tú no sabes lo que haces, ni adonde vas, ni la prueba terrible que te espera.

—Cruz, que sabe más que nosotros, me ha mandado que no me aflija. Creo que debemos obedecer ciegamente á nuestra hermana mayor, que es para nosotros padre y madre á un tiempo. Cuanto ella dispone, bien dispuesto está.

—¡Cuanto ella dispone! ¿Infalibilidad tenemos? ¿De modo que tú accedes...? Ya no hay esperanza. Te pierdo. Ya no tengo hermana... Pues pensar que yo he de vivir junto á ti, casada con ese hombre, es la mayor locura imaginable. Lo que más quiero en el mundo eres tú. En ti veo á nuestra madre, de quien ya no te acuerdas...

—Sí que me acuerdo.