De pronto le asaltó una idea, que le hizo estremecer. Husmeaba el aire como un sabueso que busca el rastro de personas ó lugares. «Sí, sí; no me queda duda—se dijo.—Sin proponérmelo, sin pensar en ello, he venido á sentarme frente á mi casa, frente al hotel que fué de mis padres... Paréceme que no me equivoco. El trecho recorrido desde la plaza de Colón es la distancia exacta. Conservo el sentido de la distancia, y además, no sé qué instinto, ó más bien doble vista, me dice que estoy aquí, frente al palacio donde vivimos en los tiempos de felicidad, breves si los comparo con nuestra insoportable miseria.» Trémulo de emoción quiso cerciorarse por el tacto, y avanzó, traspasando con cautela el seto, hasta llegar á una verja, que hubo de reconocer cuidadosamente. Se le anudó la voz en la garganta al adquirir la certidumbre que buscaba. «Estos son, estos—se dijo,—los hierros de la verja... La estoy viendo, pintada de verde obscuro, con las lanzas doradas... La conozco como conocería mis propias manos. ¡Oh tiempos! ¡Oh lenguaje mudo de las cosas queridas!... No sé qué siento, la resurrección dentro de mí de un pasado hermoso y triste, ahora más triste por ser pasado... Dios mío, ¿me has traído á este lugar para confortarme ó para hundirme más en el abismo negro de mi miseria?»
Limpiándose las lágrimas volvió al banco, y humillada la frente sobre las manos, suscitó en su mente con vigor de ciego la visión del pasado. «Ahora viven aquí—se dijo exhalando un gran suspiro—los marqueses de Mejorada del Campo. Se me figura que poco ha cambiado el hotel y el jardín. ¡Qué hermosos eran antes!» Sintió que se abría la verja para dar paso á un coche.
«De seguro van ahora al Teatro Real. Mi mamá iba siempre á esta hora, tardecito, y llegaba al acto tercero. Jamás oía los dos primeros actos de las óperas. Estábamos abonados á la platea número 7. Paréceme que veo la platea, y á mi mamá y á Cruz, y á las primas de Rebolledo, y que estoy yo en la butaca número 2 de la fila octava. Sí, yo soy, yo, yo, aquel que allí veo, con mi buena figura de hace ocho años...; y ahora vengo al palco de mi madre, y la riño por no haber ido antes... No sé por qué me suben á la boca, al recordarlo, dejos de aburrimiento. ¿Era yo feliz entonces? Voy creyendo que no.»
Pausa. «Desde donde estoy vería yo, si no fuera ciego, la ventana del cuarto de mi madre... Paréceme que entro en él. ¡Qué se haría de aquellos tapices de Gobelinos, de aquella rica cerámica viejo Viena y viejo Sajonia! Todo se lo tragó el huracán. Arruinados, pero con honra. Mi madre no transigía con ninguna clase de ignominia. Por eso murió. Ojalá me hubiera muerto yo también, para no asistir á la degradación de mis pobres hermanas. ¿Por qué no se murieron ellas entonces? Dios quiso sin duda someterlas á todas las pruebas, y en la última, en la más terrible, no han sabido sobreponerse á la flaqueza humana, y han sucumbido. Se rinden ahora, después de haber luchado tanto; y aquí tenemos al diablo vencedor, con permiso de la Divina Majestad, que es quien á mí me inspira esta resolución de no rendirme, prefiriendo al envilecimiento la soledad, la vagancia, la mendicidad... Mi madre está conmigo. Mi padre también..., aunque no sé, no sé si en el caso presente, hallándose vivo, se habría dejado tentar de... Mucha influencia tenía sobre él Donoso, el amigo leal antes, y ahora el corruptor de la familia. Contaminóse mi padre del mal de la época, de la fiebre de los negocios, y no contento con su cuantioso patrimonio, aspiró á ganar colosales riquezas, como otros muchos... Comprometido en empresas peligrosas, su fortuna tan pronto crecía como mermaba. Ejemplos que nunca debió seguir le perdieron. Su hermano y mi tío había reunido un capitalazo comprando bienes nacionales. La maldición recayó sobre los que profanaban la propiedad de la Iglesia, y en la maldición fué arrastrado mi padre... Á mamá, bien lo recuerdo, le eran horriblemente antipáticos los negocios, aquel fundar y deshacer sociedades de crédito como castillos de naipes, aquel vértigo de la Bolsa, y entre mi padre y ella el desacuerdo saltaba á la vista. Los Torre-Auñón aborrecieron siempre el compra y vende y los agios obscuros. Al fin los hechos dieron razón á mi madre, tan inteligente como piadosa; sabía que la ambición de riquezas, aspirando á poseerlas fabulosas, es la mayor ofensa que se puede hacer al Dios que nos ha dado lo que necesitamos y un poquito más. Tarde conoció mi padre su error, y la conciencia de él le costó la vida. La muerte les igualó á todos, dejándonos á los vivos el convencimiento de que sólo es verdad la pobreza, el no tener nada... Desde aquí no veo más que humo, vanidad, y el polvo miserable en que han venido á parar tantas grandezas, mi madre en el cielo, mi padre en el purgatorio, mis hermanas en el mundo, desmintiendo con su conducta lo que fuimos, yo echándome solo y desamparado en brazos de Dios para que haga de mí lo que más me convenga.»
XII
Pausa. «¡Qué hermoso era el jardín de mi casa!..., y lo será todavía, aunque oí que le han quitado una tercera parte para construir casas de vecindad. ¡Qué hermoso era el jardín, y qué horas tan gratas he pasado en él!... Paréceme que entro en el hotel y subo por la escalera de mármol. Allí las soberbias armaduras que poseía mi padre, adquiridas de la casa de San Quintín, parientes de los Torre-Auñón. En el despacho de mi padre están Donoso, D. Manuel Pez, el general Carrasco, que delira por los negocios, y envainando para siempre su espada se dedica á hilvanar ferrocarriles; el exministro García de Paredes; Torres, el agente de Bolsa, y otros puntos... Allí no se habla más que de combinaciones financieras que no entiendo... Me aburro, se ríen de mí; me llaman don Galaor... Insultan en mí á la diplomacia, que el general llama, remedando á Bismarck, vida de trufas y condecoraciones... Me largo de allí. Paréceme que veo el despacho con su chimenea monumental, y en ella un bronce magnífico, reproducción del Colleone de Venecia. En los stores, bordados los escudos de Torre-Auñón y del Águila. La alfombra, de lo más rico de Santa Bárbara, es profanada por los salivazos del agente de Bolsa, que al entrar y al salir parece que se trae y se lleva en la cartera toda la riqueza fiduciaria del mundo... Y todo eso es ahora polvo, miseria; y los gusanos le ajustan á mi padre la cuenta de sus negocios... Torres el agente se pegó un tiro en Monte Carlo tres años después, y el general anda por ahí miserable, paseando su hemiplejia del brazo de un criado. Sólo viven él y Donoso, petrificado en su suficiencia administrativa, que á mí me carga tanto, aunque me guardo muy bien de decírselo á mis hermanas, porque me comerían vivo.»
Pausa... «¡Oh, qué linda era Cruz, qué elegante y qué orgullosa, con legítimo y bien medido orgullo! La llamábamos Croissette, por la estúpida costumbre de decirlo todo en francés. Fidela, al venir de Francia, nos encantaba con su volubilidad. ¡Qué ser tan delicado, y qué temperamento tan vaporoso! Diríase que no estaba hecha de nuestra carne miserable, sino de substancias sutiles, como los ángeles, que nunca han puesto los pies en el suelo. Ella los ponía por gracia especial de Dios, y podía creerse que al tocarla se nos desbarataba entre las manos, trocándose en vapor impalpable. Y ahora... ¡Santo Dios!, ahora..., allá la miro metida en fango hasta el cuello. He querido sacarla... No se deja. Le gusta la materia. Buen provecho le haga... Cuando yo me fuí á la Embajada de Alemania, que entonces era todavía Legación, salí de casa con el presentimiento de que no había de volver á ver á mi madre. Ésta se empeñó en que no me llevara á Toby, el perro danés que me regaló el primo Trastamara. ¡Pobre animal! Nunca me olvidaré de la cara que puso al verme partir. Murió de enfermedad desconocida, dos días antes que mi madre... Y ahora que me acuerdo: ¿adónde habrá ido á parar el bueno de Ramón, aquel criado fiel que tan bien entendía mis gustos y caprichos? Cruz me dijo que puso un comercio de vinos en su pueblo, y que fabricando Valdepeñas ha hecho un capital... Él tenía sus ahorros. Era hombre muy económico, aunque no sisaba como aquel bribón de Lucas, el mozo de comedor, que hoy tiene un restaurant de ferrocarril. Con los cigarros que le robaba á mi padre compró una casa en Valladolid, y con lo que sisaba en el Champagne sacó para establecer una fábrica de cerveza.»
Pausa. «¿Qué hora será?... ¿Pero qué me importa á mí la hora si soy libre, y el tiempo no tiene para mí ningún valor? Mi hotel no duerme aún. Siento rumores en la portería. Los criados arman tertulia con el portero, esperando la vuelta de la señora... Ya, ya me parece que siento el coche. Es la hora de salir del Real, la una menos cuarto, si no ha sido ópera larga. Wagner y su escuela no nos sueltan hasta la una y tres cuartos... Ya está ahí..., abren la verja..., entra el coche. ¡Si me parece que estoy en mis tiempos de señorito! El mismo coche, los mismos caballos, la noche igual, con las mismas estrellas en el cielo... para quien pueda verlas... Ya cierran. El hotel se entrega al sueño como sus habitantes... Yo también principio á sentir...»
Más que sueño, lo que empezaba á sentir era hambre, y echando mano al zoquete de pan que llevaba en el bolsillo, dió principio á su frugal cena, que le supo más rica que cuantos manjares delicados solía llevarle Cruz de casa de Lhardy.
«¡Qué apuradas andarán mis hermanas buscándome!—dijo comiendo despacito.—Fastidiarse. Os habíais acostumbrado á que yo fuese un cero, siempre un cero. Convenido: soy cero, pero os dejo solas para que valgáis menos. Y yo me encastillo en mi dignidad de cero ofendido, y sin valer nada, absolutamente nada para los demás, me declaro libre y quiero buscar mi valor en mí mismo. Sí, señoras del Águila y de la Torre-Auñón: arreglad ahora vuestro bodorrio como gustéis, sin cuidaros del pobre ciego... ¡Ah, vosotras tenéis vista; yo no! Mi desdicha se compensa con la inmensa ventaja de no poder ver á la bestia. Vosotras la veis, la tenéis siempre delante, y no podéis libraros de su grotesca facha, que viene á ser vuestro castigo... ¡Qué rico está este pan!... ¡Gracias á Dios que he perdido al comer aquella sensación mortificante del olor de cebolla!»