Sintió sueño, y se estiraba en el banco buscando la postura menos incómoda, haciendo almohada del brazo derecho, cuando se le acercó un pobre, que arrastraba un pie como si fuera bota á medio poner, y alargaba, en vez de mano para pedir limosna, un muñón desnudo y rojo. La voz bronca del mendigo hizo estremecer á Rafael, que se incorporó diciéndole:

—Perdone, hermano. Yo soy pobre también, y si no he pedido todavía es por la falta de costumbre. Pero mañana, mañana pediré.

—¿Es usted por casualidad ciego?—dijo el otro, desesperanzado de obtener limosna.

—Para servir á usted.

—Estimando.

—Si hubiera venido usted un poquito antes, habríale dado parte del pan que acabo de comerme. Pero lo que es dinero no puedo darle. No llevo sobre mí moneda alguna, ni perro grande ni chico... Soy más pobre que nadie. He venido, ¡ay!, muy á menos. Y usted, ¿qué es?

—¿Cómo que qué soy?

—Quiero decir si es usted también ciego.

—No, gracias á Dios. No soy más que cojo; pero de los dos cabos, y manco de la derecha... La perdí dando un barreno.

—Por la voz me parece que es usted viejo.