—Y usted muy parlanchín. ¡Porras!, como todos los ciegos, que echan el alma y los hígados por la pastelera lengua.
—Dispense usted que no le conteste en ese lenguaje ordinario. Soy persona decente.
—Sí, ya se ve... ¡Persona decente! Yo también lo fuí. Mi padre tenía catorce pares.
—¿De qué?
—De mulas.
—¡Ah!..., creí que de bemoles... ¿Conque mulas? Pues eso no es nada en comparación de lo que tuvo el mío. Ese palacio que está frente á nosotros, si hablara, no me dejaría mentir.
—¡Porras maúras! ¿Á que va á decir que es suyo el palacio?
—Digo que lo fué; la verdad...
—Mecachis, y que se lo limpiaron los usureros. Como á mí, como á mi padre, que era mayorazgo, y por tomar dinero á rédito para meterse en negocios, nos dejó más pobres que las ratas.
—¡Los malditos negocios, el compra y vende!... Y henos aquí á los hijos pagando las culpas de la ambición de los padres. Ahora pedimos limosna, y de seguro los que nos empobrecieron pasan á nuestro lado sin darnos una triste limosna. Pero Dios no nos desampara, ¿verdad? Donde menos se piensa salta una persona caritativa. Hay almas caritativas. Dígame usted que las hay, pues yo, la verdad, no quisiera morirme de hambre por esas calles.