—¿No tiene familia?

—Mis hermanas, hombre de Dios. Pero no quiero nada con ellas.

—Ya, ¡contra!, le han desamparado, ¡porras verdes! Como á mí, lo mismo que á mí.

—¿Sus hermanas?

—No...; ¡pior, pior!—dijo el otro con una voz bronca y arrastrada que parecía extraer con gran trabajo de lo más hondo de su cuerpo.—¡Son mis hijas las que me pusieron en la calle!

—¡Ja, ja, ja! ¡Sus hijas!—exclamó Rafael, acometido de violentísimas ganas de reir.—Y dígame, ¿son señoras?

—¿Señoras?—dijo el otro con todo el sarcasmo que cabe en la voz humana.—Señoras del pingajo y damas del tutilimundi. Son...

—¿Qué?

—Púas coronadas... Agur.

Y se fué arrastrando la pata, echando demonios por su boca entre gruñidos bestiales, babeándose como un perro con moquillo.