—Pobre señor...—murmuró Rafael, volviendo á tomar la postura de catre.—Sus hijas, por lo que dijo, son... ¡Qué abismos nos revela el fondo de la miseria cuando bajamos á él! Si yo me durmiera, ahogaría en mi cerebro ideas que me mortifican. Probaremos. Más duro es esto que mi cama; pero no me importa. Conviene acostumbrarse al sufrimiento... ¡Y vaya usted á saber ahora con qué me desayunaré mañana! Lo que Dios me tenga reservado, café ó chocolate ó mendrugo de pan, él lo sabe, en alguna parte estará... ¿No se desayunan los pájaros? Pues algo ha de haber también para mí...

Quedóse aletargado, y tuvo un sueño breve con imágenes intensísimas. En corto tiempo soñó que se hallaba en el vestíbulo del hotel cercano, tendido en un banco de madera. Vió entrar á su padre con gabán de pieles, accidente de invierno que no le chocaba á pesar de hallarse en pleno verano. Su padre se maravilló de verle en tal sitio, y le dijo que saliese á comprar diez céntimos de avellanas. ¡Cuánto disparate! Aun soñando, discurría que todo aquello no tenía sentido. Después salió el perro danés aullando, con una pata rota y el hocico lleno de sangre. En el momento de abalanzarse en socorro del pobre animal, despertó. En un tris estuvo que se cayera del banco de piedra.

Le dolían los huesos; el frío empezaba á molestarle, y su estómago no parecía conforme con pasar toda la noche al raso sin más sustento que un pedazo de pan. Para sobreponerse al clamor de la naturaleza desfallecida, salió de estampía por el paseo adelante, tropezando con los árboles y besando el santo suelo en dos ó tres tumbos que dió al perder el equilibrio. Pero supo sacar fuerzas de flaqueza, y sostener el cuerpo con los bríos del ánimo. «Vamos, Rafael, no seas niño; á la primera contrariedad ya estás aturdido y sin saber qué camino tomar. Pronto ha de amanecer, y ó mucho me engaño, ó Dios, que vela por mí, ha de depararme un alma caritativa. No siento pasos... Debe de ser la madrugada. ¡Qué soledad! ¿Cómo podría enterarme de que ha salido el sol, ó de que va á salir? ¡Ah!, siento cantar un gallo anunciando el día. Será ilusión tal vez, pero me parece que es el gallo de Bernardina el que canta. Y otra vez, y otra... No, son muchos gallos, todos los gallos de estos contornos, que dicen á su manera: “Basta ya de noche...” Lo que no siento aún es el gracioso piar de los pajarillos. No, no amanece todavía. Más adelante, en otro banco, podré dormir otro poquito, y cuando los pájaros me avisen dejaré las ociosas plumas, digo, la ociosa berroqueña... Adelante y valor. De seguro que ninguna de estas avecillas que ahora duermen inocentes en el ramaje que se extiende sobre mi cabeza, se preocupa ni poco ni mucho de lo que ha de comer cuando despierte. El desayuno, en alguna parte está. Las almas caritativas duermen también ahora, y dormirán la mañanita; pero de fijo no faltará alguna que madrugue.»

Hacia el fin de la Castellana volvió á darse su ración de banco; mas no pudo pegar los ojos, ni siquiera sosegar sus cansados huesos. Dos perros vagabundos se llegaron á él, y le olieron y le hociquearon. Quiso Rafael retenerles con voz cariñosa; pero los dos animales, que debían de estar dotados de gran penetración y agudeza, entendieron que de allí muy poco ó nada sacarían. Después de infringir ambos sosegadamente en el banco del ciego las ordenanzas de la policía urbana, se fueron en busca de aventura más provechosa.

Levantóse Rafael al rayar la aurora, cuya claridad saludaron las avecillas, y restregándose las manos para proveerse de un poco de calor que supliera bien que mal la falta de alimento, echó á andar y desentumeció sus piernas. El valor no le abandonaba; pero iba comprendiendo que la iniciación en el oficio de mendigo tiene sus contras, y que el aprendizaje había de ser para él durísimo. ¡Qué bien le habría venido en aquella hora un poco de café! Pero las almas caritativas no parecieron con la provisión del precioso líquido. Pasos de hombres y brutos oyó en dirección al centro de Madrid: eran trajinantes, mercaderes de hortalizas y huevos, que llevaban frutas á la plaza. Sintió el ruido de cántaros de leche que chocan con el movimiento de la caballería que los conduce. ¡De buena gana se habría él tomado un vasito de leche! ¿Pero á quién, ¡Santo Dios!, se lo había de pedir? Gentes de pueblo pasaron al lado suyo sin hacerle caso. De fijo que si él se lanzara á pordiosero, alguien le daría. «Pero el mérito grande de las almas caritativas—pensó—será que me socorran sin que yo pase por la vergüenza de pedirlo.» Por desgracia suya, en aquel tímido ensayo de mendicidad, las almas compasivas se abstenían de socorrer á un necesitado que no empezaba por marear al transeunte con enfadosos reclamos de limosna. Largo trecho anduvo desorientado sin saber adonde iba, y al fin el cansancio y el hambre determinaron en su espíritu el propósito de pedir albergue á Bernardina; pero al hacer esta concesión á la dura necesidad, quería engañarse y dar satisfacciones á su entereza, diciéndose: «No, si no haré más que tomar un bocadillo y seguir luego. Á la calle otra vez, al camino.»

No le fué tan fácil encontrar el rumbo. Pero si sentía cortedad para implorar limosna, no la sentía para pedir informes topográficos. «¿Voy bien por aquí á Cuatro Caminos?» Esta pregunta, sin número de veces repetida y contestada, fué la brújula que le señaló la derrota por campos, carreteras y solares baldíos, hasta que dió con sus cansados huesos en el corralón de los Valientes.

XIII

Vióle Bernardina antes de que traspasara el hueco del portalón, y salió á recibirle con demostraciones de vivo contento, mirándole como un aparecido, como un resucitado. «Dame café—le dijo el ciego con trémula voz.—Siento... nada más que un poquito de debilidad.» Llevóle adentro la fiel criada, y con rara discreción se abstuvo de decirle que la señorita Cruz había estado tres veces durante la noche buscándole, muerta de ansiedad. Mucha prisa corría comunicar el hallazgo á las angustiadas señoras; pero no urgía menos dar al fugitivo el desayuno que con tanta premura pedían la palidez de su rostro y el temblor de sus manos. Con toda la presteza del mundo preparó Bernardina el café, y cuando el ciego ávidamente lo tomaba, dió instrucciones á Cándido para que le retuviese allí, mientras ella iba á dar parte á las señoras, que sin duda le creían muerto. Lo peor del caso era que Hipólito Valiente, el héroe de África, estaba aquel día de servicio. «Ya que no tenemos aquí al viejo, que sabe embobarle con historias de batallas—dijo Bernardina á su marido,—entretenle tú como puedas. Cuéntale lo que se te ocurra; inventa mentiras muy gordas. No seas bruto... En fin, lo que importa es que no se nos escabulla. Como quiera salir, le sujetas, aunque para ello tengas que amarrarle por una pata.»

Rafael no mostró después del desayuno deseos de nuevas correrías. Estaba tan decaído de espíritu y tan alelado de cerebro, que sin esfuerzo alguno le pudo llevar Cándido al taller de polvorista donde trabajaba. Hízole sentar en un madero, y siguió el hombre en su faena de amasar pólvora y meterla en los cilindros de cartón que forman el cohete. Su charla continua, á ratos chispeante y ruidosa como las piezas de fuego que fabricaba, no sacó á Rafael de su sombría taciturnidad. Allí se estuvo con quietud expectante de esfinge, los codos en las rodillas, los puños convertidos en sostén de las quijadas, que parecían adheridas á ellos por capricho de Naturaleza. Y oyendo aquel rum rum de la palabra de Valiente, que era un elogio tan enfático como erudito del arte pirotécnico, y sin enterarse de nada, pues la voz del polvorista entraba en su oído pero no en su entendimiento, se iba engolfando en meditaciones hondísimas, de las cuales le sacó súbitamente la entrada de su hermana Cruz y de D. José Donoso. Oyó la voz de la dama en el corralón. «¿Pero dónde está?» Y cuando la sintió cerca, no hizo movimiento alguno para recibirla.

Cruz, cuyo superior talento se manifestaba señaladamente en las ocasiones críticas, comprendió al punto que sería inconveniente mostrar un rigor excesivo con el prófugo. Le abrazó y besó con cariño, y D. José Donoso le dió palmetazos de amistad en los hombros, diciéndole: «Bien, bien, Rafaelito. Ya decía yo que no te habías de perder..., que ello ha sido un bromazo... Tus pobres hermanas muertas de ansiedad... Pero yo las tranquilizaba, seguro de que parecerías.»