—¿Sabes que son tus bromas pesaditas?—dijo Cruz sentándose á su lado.—¡Vaya que tenernos toda la noche en aquella angustia! Pero en fin, la alegría de encontrarte compensa nuestro afán, y de todo corazón te perdono la calaverada... Ya sé que Bernardina te ha dado el desayuno. Pero tendrás sueño, pobrecillo. ¿Dormirías un rato en tu camita?

—No necesito cama—declaró Rafael con sequedad.—Ya sé lo que son lechos duros, y me acomodo perfectamente en ellos.

Habían resuelto Donoso y Cruz no contrariarle, afectando ceder á cuanto manifestara, sin perjuicio de reducirle luego con maña.

—Bueno, bueno—manifestó Cruz;—para que veas que quiero todo lo que tú quieras, no contradigo esas nuevas opiniones tuyas sobre la dureza de las camas. ¿Es tu gusto? Corriente. ¿Para qué estoy yo en el mundo más que para complacerte en todo?

—Justo—dijo D. José revistiendo su oficiosidad de formas afectuosas.—Para eso estamos todos. Y ahora, lo primero que tenemos que preguntar al fugitivo, es si quiere volver á casa en coche ó á pie.

—¡Yo... á casa!—exclamó Rafael con viveza, como si oído hubiera la proposición más absurda del mundo.

Silencio en el grupo. Donoso y Cruz se miraron, y en el mirar solo se dijeron: «No hay que insistir. Sería peor.»

—¿Pero en dónde estarás como en tu casa, hijo mío?—dijo la hermana mayor.—Considera que no podemos separarnos de ti, yo al menos. Si se te antoja vagabundear por los caminos, yo también.

—Tú no... Déjame... Yo me entiendo solo.

—Nada, nada—expuso Donoso.—Si Rafael, por razones, ó caprichos, ó genialidades que no discuto ahora, no, señor, no las discuto; si Rafael, repito, no quiere volver á su casa, yo le ofrezco la mía.