—Gracias, muchas gracias, Sr. D. José—replicó desconcertado el ciego.—Agradezco su hospitalidad; pero no la acepto... Huésped molestísimo sería...

—Oh, no.

—Y créanme á mí... En ninguna parte estaré tan bien como aquí.

—¡Aquí!

Volvieron á mirarse Donoso y Cruz, y á un tiempo expresaron los ojos de ambos la misma idea. En efecto, aquel deseo de permanecer en casa de Bernardina era una solución que por el momento ponía fin á la dificultad surgida; solución provisional que daba espacio y tiempo para pensar descansadamente en la definitiva.

—¡Vaya, qué cosas tienes!—dijo Cruz disimulando su contento.—¡Pero hijo, aquí!... En fin, para que veas cuánto te queremos, transijo. Yo sé transigir; tú no, y á todos nos haces desgraciados.

—Transigiendo se llega á todas partes—declaró D. José, dando mucha importancia á su sentencia.

—Bernardina tiene un cuarto que se te puede arreglar. Te traeremos tu cama. Fidela y yo turnaremos para acompañarte... Ea, ya ves cómo no soy terca, y me doblego, y... Conviene, en esta vida erizada de dificultades, no encastillarnos en nuestras propias ideas, y tener siempre en cuenta las de los demás, pues eso de creer que el mundo se ha hecho para nosotros solos, es gran locura... Yo, ¡qué quieres!, he comprendido que no debo contrariarte en ese anhelo tuyo de vivir separado de nosotras... Descuida, hijo, que todo se arreglará... No te apures. Vivirás aquí, y vivirás como un príncipe.

—No es preciso que me traigan mi cama—indicó Rafael, entrando ya en familiar y cariñoso coloquio con su hermana mayor.—¿No tendrá Bernardina un catre de tijera? Pues me basta.

—Quita, quita... Ahora sales con querer pintarla de ermitaño. ¿Á qué vienen esas penitencias?