—Si nada cuesta traer la camita—apuntó don José.
—Como quieran—manifestó el ciego, que parecía dichoso.—Aquí me pasaré los días dando vueltas por el corralón, conversando con el gallo y las gallinas; y á ratos vendré á que Cándido me enseñe el arte de polvorista... No vayan á creer ustedes que es cualquier cosa ese arte. Aprenderé, y aunque no haga nada con las manos, bien puedo sugerirle ideas mil para combinar efectos de luz, y armar los ramilletes y los castillos y todas esas hermosas fábricas de chispas que tanto divierten al respetable público.
—Bueno, bueno, bueno—clamaron á una Donoso y Cruz, satisfechos de verle en tan venturosa disposición de ánimo.
Brevemente conferenciaron la dama y el fiel amigo de la casa, sin que Rafael se enterase. Ello debió de ser algo referente á la traída de la cama y otros objetos de uso doméstico. Despidióse Donoso abrazando al joven ciego, y éste volvió á caer en su murria, presumiendo que su hermana, al hallarse sola con él, le hablaría del asunto que causaba las horribles desazones de todos.
—Vámonos á la casa—dijo Cruz, cogiendo del brazo á su hermano.—Tengo miedo de estar aquí, señor Valiente... No es desprecio de su taller; es... que no sé como hay quien tenga tranquilidad en medio de estas enormes cantidades de pólvora. Supóngase usted que por artes del enemigo cae una chispa...
—No, señorita, no es posible...
—Cállese usted. Sólo de pensarlo parece que me siento convertida en pavesas. Vamos, vámonos de aquí. Antes, si te parece, daremos un paseíto por el corralón. Está un día precioso. Ven, iremos por la sombra.
Lo que el señorito del Águila recelaba era cierto. La primogénita tenía que tratar con él algo muy importante, reciente inspiración sin duda, y último arbitrio ideado por su grande ingenio. ¿Qué sería?
—¿Qué será?—pensó el ciego temblando, pues todo su tesón no bastaba para hacer frente á la terrible dialéctica de su hermana. Principió ésta por encarecer las horrendas amarguras que ella y Fidela habían pasado en los últimos días, por causa de la oposición de su querido hermano al proyecto de matrimonio con D. Francisco.
—Renunciad á eso—dijo prontamente Rafael,—y se acabaron las amarguras.