—Tal fué nuestra idea..., renunciar, decirle al buen D. Francisco que se fuera con la música á otra parte y que nos dejase en paz. Preferimos la miseria con tranquilidad á la angustiosa vida que ha de traernos el desacuerdo con nuestro hermano querido. Yo dije á Fidela: «Ya ves que Rafael no cede. Cedamos nosotras antes que hacernos responsables de su desesperación. ¡Quién sabe! Cieguecito, puede que vea más que nosotras. Su resistencia, ¿será aviso del cielo anunciándonos que Torquemada, con el materialismo (como él dice) del buen vivir, nos va á traer una infelicidad mayor que la presente?»

—¿Y qué dijo Fidela?

—Nada: que ella no tiene voluntad; que si yo quería romper, por ella no quedara.

—¿Y tú qué hiciste?

—Pues nada, por el pronto. Consulté con don José. Esto fué la semana pasada. Á ti nada te dije, porque como estás tan puntilloso, no quise excitarte inútilmente. Parecióme mejor no hablar contigo de este asunto hasta que no se resolviera en una ó en otra forma.

—¿Y Donoso qué opinó?

—¿Donoso...? ¡Ah...!

XIV

—¡Cuando yo te digo que Donoso es un ángel bajado del cielo! ¡Qué hombre, qué santo!—prosiguió la dama, sentándose con Rafael en un madero que en el mejor sitio del corralón había.—Verás: la opinión de nuestro fiel amigo fué que debíamos sacrificar el enlace con Torquemada, por conservar la paz en la familia... Así lo acordamos. Pero ya habían tramado entre él y D. Francisco algo que éste llevó prontamente de la idea á la práctica, y cuando D. José acudió á proponerle la suspensión definitiva de las negociaciones matrimoniales, ya era tarde.

—¿Pues qué ocurría?