—Torquemada había hecho algo que nos cogía á todos como en una trampa. Imposible escaparnos ya, imposible salir de su poder. Estamos cogidos, hermanito; nada podemos ya contra él.
—¿Pero qué ha hecho ese infame?—gritó Rafael fuera de sí, levantándose y esgrimiendo el bastón.
—Sosiégate—replicó la dama, obligándole á sentarse.—¡Lo que ha hecho! Pero qué, ¿crees que es malo? Al contrario, hijo mío: por bueno, por excesivamente bueno, el acto suyo es..., no sé cómo decírtelo, es como una soga que nos echa al cuello, incapacitándonos ya para tener voluntad que no sea la voluntad suya.
—¿Pero qué es? Sépalo yo—dijo el ciego con febril impaciencia.—Juzgaré por mí mismo ese acto, y si resulta como dices... No, tú estás alucinada y quieres alucinarme á mí. No me fío de tus entusiasmos. ¿Qué ha hecho ese majagranzas que pudiera inducirme á no despreciarle como le desprecio?
—Verás... Ten calma. Tan bien sabes tú como yo que nuestras fincas del Salto y la Alberquilla, en la sierra de Córdoba, fueron embargadas judicialmente. No pudo rematarlas el sindicato de acreedores, porque estaban afectas á una fianza que al Estado tuvo que dar papá. El dichoso Estado, mientras no se aclarase su derecho á constituirse en dueño de ellas (y ese es uno de los pleitos que sostenemos), no podía privarnos de nuestra propiedad, pero sí del usufructo... Embargadas las fincas, el juez las dió en administración á...
—Á Pepe Romero—apuntó el ciego vivamente, quitándole la palabra de la boca,—el marido de nuestra prima Pilar...
—Que reside en ellas, dándose vida de princesa. ¡Ah, qué mujer! Sin duda por haber recibido de papá tantos beneficios, ella y el rufián de su marido nos odian. ¿Qué les hemos hecho?
—Les hemos hecho ricos. ¿Te parece poco?
—Y no han sido para auxiliarnos en nuestra miseria. La crueldad, el cinismo, la ingratitud de esa gente son lo que más ha contribuído á quitarme la fe en todas las cosas, lo que me induce á creer que la humanidad es un inmenso rebaño de fieras. ¡Ay!, en esta vida de sufrimientos inauditos, pienso que Dios me permite odiar. El rencor, que en casos comunes es un pecado, en el caso mío no lo es, no puede serlo... La venganza, ruin sentimiento en circunstancias normales, ahora... me resulta casi una virtud... Esa mujer que lleva nuestro nombre y nos ha ultrajado en nuestra desgracia, ese Romerillo indecente que se ha enriquecido con negocios sucios más propios de chalanes que de caballeros, viven sobre nuestra propiedad, disfrutan de ella. Han intrigado en Madrid para que el Consejo sentenciase en contra de la testamentaría del Águila, porque su anhelo es que sean subastadas las fincas...
—Para rematarlas y quedarse con ellas.