—¡Ah!..., pero les ha salido mal la cuenta á ese par de traficantes, de raza de gitanos sin duda... Créelo porque yo te lo digo... Pilar es peor que él: es uno de esos monstruos que causan espanto y hacen creer que la hembra de Satanás anda por estos mundos...

—Pero vamos al caso. ¿Qué...?

—Verás. Ahora puedo decir que ha llegado la hora de la justicia. No puedes figurarte la alegría que me llena el alma. Dios me permite ser rencorosa, y lo que es peor, vengativa. ¡Qué placer, qué inefable dicha, hermano mío! ¡Pisotear á esa canalla..., echarles de nuestra casa y de nuestras tierras, sin consideración alguna, como á perros, como á villanos salteadores...! ¡Ay, Rafael, tú no entiendes estas pequeñeces; eres demasiado angelical para comprenderlas! La venganza sañuda es un sentimiento que rara vez encuentras hoy fuera de las clases bajas de la sociedad... Pues en mí rebulle, ¡y de qué modo! Verdad que también es un sentimiento feudal, y en nosotros, de sangre noble, revive ese sentimiento, que viene á ser la justicia, la justicia brutal, como en aquellos tiempos podía ser, como en los nuestros también debe serlo, por insuficiencia de las leyes.

Púsose en pie la noble dama, y en verdad que era una figura hermosa y trágica. Hirió el suelo con su pie dos ó tres veces, aplastando en figuración á sus enemigos; ¡y por Dios que si hubieran estado allí no les dejara hueso sano!

—Ya, ya entiendo—dijo Rafael asustado.—No necesito más explicaciones. Esperas rescatar el Salto y la Alberquilla. Donoso y Torquemada han convenido hacerlo así, para que puedas confundir á los Romeros... Ya, ya lo veo todo bien claro: el D. Francisco rescatará las fincas, poniendo en manos de la Hacienda una cantidad igual á la fianza... Pues, por lo que recuerdo, tiene que ir aprontando millón y medio de reales..., si es que en efecto se propone...

—No se propone hacerlo—dijo Cruz radiante.—Lo ha hecho ya.

—¡Ya!

La estupefacción paralizó á Rafael por breve rato, privándole del uso de la palabra.

—Ahora tú me dirás si después de esto, es digno y decente en nosotros plantarnos delante de ese señor y decirle: Pues... de aquello no hay nada.

Pausa que duró... sabe Dios cuánto.