—¿Pero en qué forma se ha hecho la liberación de las fincas?—preguntó al fin el ciego.—Falta ese detalle... Si quedan á su nombre, no veo...

—No; las fincas son nuestras... El depósito está hecho á nuestro nombre. Ahora dime si es posible que...

Después de accionar un rato en silencio, Rafael se levantó súbitamente, dió algunos pasos agitando el bastón, y dijo: «Eso no es verdad.»

—¡Que yo te engaño!

—Repito que eso no puede ser como tú lo cuentas.

—¡Que yo miento!

—No, no digo que mientas. Pero sabes, como nadie, desfigurar las cosas, dorarlas cuando son muy feas, confitarlas cuando son amargas.

—He dicho la verdad. Créela ó no. Y ahora te pregunto: «¿Podemos poner en la calle á ese hombre? ¿Tu dignidad, tus ideas sobre el honor de la familia me aconsejan que le despida...?»

—No sé, no sé—murmuró el ciego, girando sobre sí y haciendo molinete con los dos brazos por encima de la cabeza.—Yo me vuelvo loco... Vete; déjame. Haced lo que queráis...

—¿Reconoces que no podemos retirar nuestra palabra ni renunciar al casamiento?