—Lo reconozco, siempre que sea verdad lo que me has dicho. Pero no lo es; no puede serlo. El corazón me dice que me engañas..., con buena intención sin duda. ¡Ah!, tienes tú mucho talento..., más que yo, más que toda la familia... Hay que sucumbir ante ti y dejarte hacer lo que quieras.
—¿Vendrás á casa?—dijo Cruz balbuciente, porque el gozo triunfal que inundaba su alma le entorpecía la voz.
—Eso no... Déjame aquí. Vete tú. Estoy bien en este corral de gallinas, donde me podré pasear, sin que nadie me lleve del brazo, á todas las horas del día.
Cruz no quiso insistir por el momento. Había obtenido la victoria con su admirable táctica. No le argüía la conciencia por haber mentido, pues Rafael era una criatura, y había que adormecerle, como á los niños llorones, con historias bonitas. El cuento infantil empleado hábilmente por la dama no era verdad sino á medias, porque al pactar Donoso y Torquemada el rescate de las fincas de la sierra de Córdoba, establecieron que esto debía verificarse después del casamiento. Pero Cruz, en su afán de llegar pronto al objetivo, como diría el novio, no sintió escrúpulos de conciencia por alterar la fecha del suceso feliz, tratándose de emplearlo como argumento con que vencer la tenacidad de su hermano. ¡Decir que Torquemada había hecho ya lo que según formal convenio haría después! ¿Qué importaba esta leve alteración del orden de los acontecimientos, si con ello conseguía eliminar el horrible estorbo que impedía la salvación de la familia?
Volvió Donoso con la noticia de haber dictado las disposiciones convenientes para el traslado de la cama y demás ajuar de la alcoba del ciego. Después que charlaron los tres un rato de cosas extrañas al grave asunto que á todos les inquietaba, Cruz espió un momento en que Rafael se enredó en discusiones con Valiente sobre la pirotecnia, y llevando á su amigo detrás del más grande montón de basura y paja que en el corralón había, le echó esta rociada:
—Deme la enhorabuena, Sr. D. José. Le he convencido. Él no querrá volver á casa; pero su oposición no es, no puede ser ya tan furiosa como era. ¿Que qué le he dicho? ¡Ah, figúrese usted si en este atroz conflicto pondré yo en prensa mi pobre entendimiento para sacar ideas! Creo que Dios me ilumina. Ha sido una inspiración que tuve en el momento de entrar aquí. Ya le contaré á usted cuando estemos más despacio... Y ahora lo que importa es activar... eso todo lo posible, no vaya á surgir alguna complicación.
—No lo quiera Dios. Crea usted que á impaciencia no le gana nadie. Hace un rato me lo decía: por él mañana mismo.
—Tanto como mañana no; pero nos pasamos de gazmoños alejando tanto la fecha. De aquí al 4 de Agosto pueden ocurrir muchas cosas, y...
—Pues acerquemos la fecha.
—Sí, acerquémosla. Lo que ha de ser, que sea pronto.