«¡Cómo me estoy divirtiendo!—decía el Canciller.—Querida Princesa, cuando uno se pasa la vida adornando una chimenea, entre un reloj, una figura de bronce y un tiesto de begonia, estas fiestas le rejuvenecen y le dan alegría para todo el año.
—¡Ay! dichosos mil veces—dijo la señora con melancólico acento—los que no tienen otro oficio que adornar chimeneas y entredoses. Esos se aburren, pero no padecen como nosotras, que vivimos en continuo martirio, destinadas á servir de juguete á los hombres chicos. No podré pintar á usted, señor de Bismarck, lo que se sufre cuando uno nos tira del brazo derecho, otro del izquierdo; cuando éste nos rompe la cabeza y aquél nos descuartiza, ó nos pone de remojo, ó nos abre en canal para ver lo que tenemos dentro del cuerpo.
—Ya lo supongo—contestó el Canciller abriendo los brazos; cerrándolos repetidas veces.
—¡Oh, desgraciados, desgraciados!—exclamaron en coro los Emperadores, Espartero y demás personajes.
—Y menos desgraciada yo—añadió la dama,—que encontré un protector y amigo en el valeroso y constante Migajas, que supo librarme del bárbaro suplicio.»
Pacorro se puso colorado hasta la raíz del pelo.
«Valeroso y constante—repitieron á una las muñecas todas, en tono de admiración.
—Por eso—continuó la Princesa—esta noche, en que nuestro Genio Creador nos permite reunimos para celebrar el primer día del año, he querido obsequiarle, trayéndole conmigo, y dándole mi mano de esposa, en señal de alianza y reconciliación entre el linaje muñequil y los niños juiciosos y compasivos.
XI
Cuando esto decía, el señor de Bismarck miraba á Pacorrito con expresión de burla tan picante y maligna, que nuestro insigne héroe se llenó de coraje. En el mismo instante, el tuno del Canciller disparó una bolita de pan con tanta puntería, que por poco deja ciego á Migajas. Pero éste, como era tan prudente y el prototipo de la circunspección, calló y disimuló.