La Princesa le dirigía miradas de amor y gratitud.

«¡Cómo me estoy divirtiendo!—repitió Bismarck dando palmadas con sus manos de madera.—Mientras llega la hora de volver junto al reloj y de oir su incesante tic-tac, divirtámonos, embriaguémonos, seamos felices. Si el caballero Pacorrito quisiera pregonar La Correspondencia, nos reiríamos un rato.

—El señor de Migajas—dijo la Princesa mirándole con benevolencia—no ha venido aquí á divertirnos. Eso no quita que le oigamos con gusto pregonar La Correspondencia y los fósforos si quiere hacerlo.»

Hallaba el granuja esta proposición tan contraria á su dignidad y decoro, que se llenó de aflicción y no supo qué contestar á su adorada.

«¡Qué baile!—gritó el Canciller con desparpajo,—que baile encima de la mesa. Y si no lo quiere hacer, pido que se le quiten los adornos que se le han puesto, dejándole cubierto de andrajos y descalzo, como cuando entró aquí.»

Migajas sintió que afluía toda su sangre al corazón. Su cólera impetuosa no le permitió pronunciar una sola sílaba.

«No seáis cruel, mi querido Príncipe—dijo la señora sonriendo.—Por lo demás, yo espero quitarle al buen Migajas esos humos que está echando.»

Una carcajada general acogió estas palabras, y allí era de ver todas las muñecas, y los más celebres generales y emperadores del mundo, dándose simultáneamente cachiporrazos en la cabeza como las figuras de Guignol.

«¡Qué baile! ¡Que pregone La Correspondencia»—clamaron todos.

Migajas se sintió desfallecer. Era en él tan poderoso el sentimiento de la dignidad, que antes muriera que pasar por la degradación que se le proponía. Iba á contestar, cuando el maligno Canciller tomó una paja larga y fina, sacada al parecer de una costilla de labores, y mojando la punta en saliva se la metió por una oreja á Pacorrito con tanta presteza, que éste no se enteró de la grosera familiaridad hasta que hubo experimentado la sacudida nerviosa que tales chanzas ocasionan.