Los días pasan alegremente, y el 29 aparecen dos grandes llaves; tras de las llaves, una mano que las empuña; tras de la mano, un brazo; después una hermosa cabeza calva, un cuerpo robusto, un hombre con humilde saya y los pies desnudos. Es el Príncipe de los Apóstoles, el primero de todos los santos, el Pescador, Pedro, la piedra, el cimiento, la cabeza de la Iglesia. Mucho hay que decir de él, muchísimo; pero el mismo santo nos lo estorba, porque frunce el ceño, adelanta un paso, empuña la llave, da vuelta.... ¡charrás! y nos cierra este capítulo.

V

En las escuelas.

Suspenso. Suspenso. Suspenso. Suspenso.

Los campos se llenan de amapolas, el aire de mariposas, de flores el jardín y la Universidad de calabazas.

Muchos rapaces, sin embargo, se inflan al recibir la nota de sobresaliente, en señal de que han salido del aula hechos unos pozos de ciencia, y así se lo creen los papás. La estación da bachilleres en artes con más abundancia que trigo, y es un contento ver tanto sabio como sale á las anchas esferas del mundo. Por todas partes, matemáticos jugando al trompo, químicos que saltan en la comba, y filósofos que cabalgan en un palo.

Los abogadillos en ciernes inundan los pueblos, y al verles, los autos agitan alegres sus macilentas hojas. Los mediquillos de veintiún años salen á tomar el pulso á la vida, con gran regocijo de la muerte. ¡Oh! mes prolífico entre todos los meses; mes de los frutos, de las flores, de las colmenas, de los mosquitos, de los exámenes; principal delegado del Criador, porque todo lo crías, hasta los licenciados, falanje infinita de donde sale el bullidor enjambre de los políticos, semillero de pretendientes, de empleados, cesantes y agitadores.

VI

En la Historia.

Pero también nos trajiste cosecha de grandes hombres. El día 3 nos diste al Marqués de la Concordia (1743); el 5 al economista Adam Smith (1723); el 6 creaste al gran Corneille, Príncipe de los trágicos franceses (1606), y bautizaste á Velázquez, rey de nuestros pintores (1599); el día 8 no te pareció bien dar uno solo, y nos echaste dos: el ingeniero inglés Stephenson (1781), y el orador español Olózaga (1805). El 10 vinieron un marino francés, Duguay-Trouin (1673), y el predicador Flechier (1632). El 11, entre la opulencia de la primavera andaluza, llena de luz, flores, aires tibios, arroyos murmuradores y poesía, Córdoba sonrió, y le diste á Góngora (1561). El 12 aumentaste con Arjona (1771) el número de los poetas menores. El 13 concediste á Young, melancólico cantor de las Noches (1773). Pero estos dones te parecían mezquinos, y el 15 dijiste con orgullo: «allá va eso,» y nació en Holanda Rembrandt (1606). Para que los españoles no nos enojáramos, nos regalaste el 17 á Espoz y Mina (1781). Los ingleses, que no querían ser menos, recibieron el 18 á Castelreagh (1769). Pero tú querías halagar á Francia en aquella semana, y en un solo día, el 19, le diste á su primer prosista, Pascal (1623), y á Lamennais (1782), y el 20 á Leconte (1812) y el 21 á RoyerCollard (1763) y el 22 á Delille (1758). ¡Ay! Comprendiste que á Alemania no le habías dado nada, y el mismo día 22 la obsequiaste con Guillermo Humboldt (1767). Mehul (1763) y Malborough (1650) fueron regalitos del día 24; Carlos XII (1682) del 27.