Miráronse los dos un rato, y el clérigo acabó su desayuno.

—Toda la noche—dijo al fin el tacaño,—me la he pasado revolviéndome en la cama como si las sábanas fueran un zarzal, y pensando en ello, en lo mismo, en lo que usted me... manifestó. Y no veía la hora de que llegase el día para levantarme, y correr en busca de usted, y pedirle que me lo explique, que me lo explique mejor...

—Pues ahora mismo, Sr. D. Francisco de mi alma.

—No, no, ahora no—replicó el Marqués con recelo, mirando á la puerta.—Es cosa de que nos lo parlemos usted y yo solitos, ¡cuidado! y ahora...

—Sí, sí, nos interrumpirían quizás...

—Y además, yo tengo que salir...

—Á correr tras de los negocios. ¡Pobre jornalero del millón! Ande, ande usted, y déjese en esas calles la salud, que es lo que le faltaba.

—Puede usted creerme—dijo Torquemada con desaliento,—que no la tengo buena, ni medio buena. Yo era un roble, de veta maciza y dura. Siento que me vuelvo caña, que me zarandea el viento, y que la humedad empieza á pudrirme de abajo arriba. ¿Qué es esto? ¿La edad? No es tanta que digamos. ¿Los disgustos, la pena que me da el no ser yo propiamente quien manda en mi casa, y el verme en esta jaula de oro, con una domadora que á cada triquitraque me enseña la varita de hierro candente? ¿Es el pesar de ver que mi hijo va para idiota? ¡Vaya usted á saber! No lo sé. No será una sola concausa, sino el resumen de toditas las concausas lo que me acarrea esta situación. Cúmpleme declarar que yo tengo la culpa, por mi debilidad; pero de nada me vale reconocerlo á posteriori, porque tarde piache, y de no haber sabido evitarlo á priori, no hay más que entregarse y sucumbir velis nolis, maldiciendo uno su destino, y dándose á los demonios.

—Calma, calma, señor Marqués—dijo el eclesiástico con severidad paternal, un tanto festiva;—que eso de darse á los demonios, ni lo admito ni lo consiento. ¡Tal regalo á los demonios! ¿Y para qué estoy yo aquí, sino para arrancar su presa á esos caballeros infernales, si por acaso llegaran á cogerla entre sus uñas? ¡Cuidadito! Refrénese usted, y por ahora, puesto que tiene prisa, y á mí me llaman mis obligaciones, no digo más. Quédese para otra noche que estemos solitos.

Torquemada se restregó los ojos con ambos puños, como para estimular la visión debilitada por el insomnio. Miró después como un cegato, viendo puntos y círculos de variados colores, y al fin recobrada la claridad de su vista, y despejado el cerebro, alargó la mano al sacerdote, diciéndole con tono y ademán campechanos: