—Ea, con Dios... Conservarse.
Salió, y pidiendo la berlina, no tardó el hombre en echarse á la calle, huyendo de la esclavitud de su hogar dorado. Y que no era ilusión suya, no. Realmente, al traspasar la herrada puerta del palacio de Gravelinas, y sentir en su rostro el ambiente libre de la vía pública, respiraba mejor, se le refrescaba la cabeza, sentía más agudo y claro el ingenio mercantil, y menos penosa la opresión de la boca del estómago, síntoma tenaz de su mala salud. Por lo cual decía con toda su alma, empleando con impropiedad la palabreja recientemente adquirida: «La calle es mi oasis.»
Acabadito de salir el tacaño de la sacristía, entró Cruz. Creeríase que estaba acechando la salida del otro para colarse ella.
—Ya va, ya va; ya le tiene usted navegando por esas calles, ¡pobre pescador de ochavos!—dijo festivamente, como si continuara un diálogo del día anterior.—¡Qué hombre!... ¡qué ansiedad por aumentar sus riquezas!
—Hay que dejarle—replicó el sacerdote con tristeza.—Si le quita usted la caña de pescar dinero, se morirá rabiando, y ¿quién responde de su alma? Que pesque... que pesque, hasta que Dios quiera ponerle en el anzuelo algo que le mueva al aborrecimiento del oficio.
—La verdad: como usted, tan ducho en catequizar salvajes, no eche el lazo á éste y nos le traiga bien sujeto, ¿quién podrá domarle?... Y, ante todo, padrito, ¿estaba el café á su gusto?
—Delicioso, hija mía.
—Por de contado, almorzará usted con nosotros.
—Hija mía, no puedo. Dispénsame por hoy.
Y echó mano al sombrero, que no podía llamarse de teja, por tener abiertas las alas.