—Pues si no almuerza, no le dejo marcharse tan pronto. ¡Estaría bueno! Ea, á sentarse otro ratito. Aquí mando yo.

—Obedezco. ¿Tienes algo que decirme?

—Sí, señor. Lo de siempre: que en usted confío para aplacar á esa fiera, y hacer más tolerable esta vida de continuas desazones.

—¡Ay, hija de mi alma!—exclamó Gamborena, anticipando al discurso, como argumento más persuasivo, la dulzura de su mirar incomparable.—He pasado la vida evangelizando salvajes, difundiendo el Cristianismo entre gentes criadas en la idolatría y la barbarie. He vivido unas veces en medio de razas cuyo carácter dominante es la astucia, la mentira y la traición, otras en medio de tribus sanguinarias y feroces. Pues bien: allá, con paciencia y valor que sólo da la fe, he sabido vencer. Aquí, en plena civilización, desconfío de mis facultades, ¡mira tú si es raro! Y es que aquí encuentro algo que resulta peor, mucho peor que la barbarie y la idolatría, hija de la ignorancia; encuentro los corazones profundamente dañados, las inteligencias desviadas de la verdad por mil errores que tenéis metidos en lo profundo del alma, y que no podéis echar fuera. Vuestros desvaríos os dan, en cierto modo, carácter y aspecto de salvajes. Pero salvajismo por salvajismo, yo prefiero el del otro hemisferio. Encuentro más fácil crear hombres, que corregir á los que por demasiado hechos, ya no se sabe lo que son.

Dijo esto el buen curita, sentado junto á la cajonera, puesto el codo en el filo del mueble, y la cabeza en el puño de la mano derecha, expresando con cierto aire de indolencia fina su escaso aliento para aquellas luchas con los cafres de la civilización. Embelesada le oía la dama, clavando sus ojos en los ojos del evangelista, y, si así puede decirse, bebiéndole las miradas ó asimilándose por ellas el pensamiento antes que la boca lo formulara.

—Pues usted lo dice, así será—manifestó la señora sintiendo oprimido el pecho.—Comprendo que la domesticación de este buen señor es obra difícil. Yo no puedo intentarla, mi hermana tampoco; ni piensa en ella, ni le importa nada que su marido sea un bárbaro que nos pone en ridículo á cada instante... Usted, que se nos ha venido acá tan oportunamente, como bajado del Cielo, es el único que podrá...

—¡Sí quiero hacerlo! Las empresas difíciles son las que á mí me tientan, y me seducen, y me arrastran. ¿Cosas fáciles? Quítate allá. ¡Tengo yo un temperamento militar y guerrero...! Sí, mujer, ¿qué te crees tú?... Óyeme.

Excitada su imaginación y enardecido su amor propio, se levantó para expresar con más desahogo lo que tenía que decir.

—Mi carácter, mi temperamento, mi sér todo son como de encargo para la lucha, para el trabajo, para las dificultades que parecen insuperables. Mis compañeros de Congregación dicen... vas á reirte..., que cuando Su Divina Majestad dispuso que yo viniese á este mundo, en el momento de lanzarme á la vida estuvo dudando si destinarme á la milicia ó á la Iglesia... porque desde el nacer traemos impresa en el alma nuestra aptitud culminante... Esta vacilación del Supremo Autor de todas las cosas, dicen que quedó estampada en mi sér, bastando para ello el breve momento que estuve en los soberanos dedos. Pero al fin decidióse nuestro Padre por la Iglesia. En un divino tris estuvo que yo fuese un gran guerrero, debelador de ciudades, conquistador de pueblos y naciones. Salí para misionero, que en cierto modo es oficio semejante al de la guerra, y heme aquí que he ganado para mi Dios, con la bandera de la Fe, porciones de tierra y de humanidad tan grandes como España.

IV