—Aunque la dificultad de este empeño en que la buena de Croissette quiere meterme ahora, me arredra un poquitín—prosiguió después de dejar, en una pausa, tiempo á la admiración efusiva de la dama,—yo no me acobardo, empuño mi gloriosa bandera, y me voy derecho hacia tu salvaje.

—Y le vencerá..., segura estoy de ello.

—Le amansare por lo menos, de eso respondo. Anoche le tire algunos flechazos, y el hombre me ha demostrado hoy que le llegaron á lo vivo.

—¡Oh! Le tiene á usted en mucho; le mira como á un ser superior, un ángel ó un apóstol, y todas las fierezas y arrogancias que gasta con nosotras, delante de usted se truecan en blanduras.

—Temor ó respeto, ello es que se impresiona con las verdades que me oye. Y no le digo más que la verdad, la verdad monda y lironda, con toda la dureza intransigente que me impone mi misión evangélica. Yo no transijo, desprecio las componendas elásticas en cuando se refiere á la moral católica. Ataco el mal con brío, desplegando contra él todos los rigores de la doctrina. El Sr. Torquemada me ha de oir muy buenas cosas, y temblará y mirará para dentro de sí, echando también alguna miradita hacia la zona de allá, para él toda misterios, hacia la eternidad en donde chicos y grandes hemos de parar. Déjale, déjale de mi cuenta.

Dió varias vueltas por la estancia, y en una de ellas, sin hacer caso de las exclamaciones admirativas de su noble interlocutora, se paró ante ella, y le impuso silencio con un movimiento pausado de ambas manos extendidas, movimiento que lo mismo podría ser de predicador que de director de orquesta; todo ello para decirle:

—Pausa, pausa... y no te entusiasmes tan pronto, hija mía, que á tí también, á tí también ha de tocarte alguna china, pues no es suya toda la culpa, no lo es, que también la tenéis vosotras, tú más que tu hermana...

—No me creo exenta de culpa—dijo Cruz con humildad,—ni en este ni en otros casos de la vida.

—Tu despotismo, que despotismo es, aunque de los más ilustrados, tu afán de gobernar autocráticamente, contrariándole en sus gustos, en sus hábitos y hasta en sus malas mañas, imponiéndole grandezas que repugna, y dispendios que le fríen la sangre, han puesto al salvaje en un grado tal de ferocidad que nos ha de costar trabajillo desbravarle.

—Cierto que soy un poquitín despótica. Pero bien sabe ese bruto que sin mi gobierno no habría llegado á las alturas en que ahora está, y en las cuales, créame usted, se encuentra muy á gusto cuando no le tocan á su avaricia. ¿Por quién es senador, por quién es marqués, y hombre de pro, considerado de grandes y chicos?... Pero quizás me diga usted que estas son vanidades, y que yo las he fomentado sin provecho alguno para las almas. Si esto me dice, me callaré. Reconozco mi error, y abdico, sí señor, abdico el gobierno de estos reinos, y me retiraré... á la vida privada.