Nada dijo D. Francisco, y el confesor temió que hubiera perdido el conocimiento. Abatidos los párpados, fruncido el entrecejo, la boca fuertemente cerrada, chafando un labio contra otro, el enfermo se desfiguró visiblemente en breve tiempo. Su piel era como papel de estraza, y despedía un olor ratonil, síntoma comúnmente observado en la muerte por hambre. ¿Dormía ó había caído en un colapso profundo, precursor del sueño eterno? Fuera lo que fuese, ello es que al meterse en sí como caracol asustado que se esconde dentro de su cáscara, percibió vagas imágenes, y sintió emociones que conturbaron su alma casi desligada ya de la materia. Creyóse andando por un camino, al término del cual había una puerta no muy grande. Más bien era pequeña; pero ¡qué bonita!... el marco de plata, y la hoja (porque no tenía más que una hoja) de oro con clavos de diamantes; diamantes también en las bisagras, en el llamador, y en el escudillo de la cerradura. Y los constructores de la tal puerta habíanla hecho con monedas, no fundidas, sino claveteadas unas sobre otras, ó pegadas no se sabía cómo. Vió claramente el cuño de Carlos III en las pálidas peluconas, duros americanos y españoles, y entre ellos preciosas moneditas de las de veintiuno y cuartillo. Miraba el tacaño la puerta sin atreverse á poner su trémula mano en el aldabón, cuando oyó rechinar la cerradura. La puerta se abría desde dentro por la mano del beatísimo Gamborena; pero no se abría lo suficiente para que pudiera entrar una persona, aunque sí lo bastante para ver que el buen misionero vestía como el San Pedro de la cofradía de prestamistas en la cual él (D. Francisco) había sido mayordomo. La calva reluciente, los ojuelos dulces no se le despintaron desde fuera. Observó que estaba descalzo, y que llevaba sobre los hombros una capa con embozos colorados, bastante vieja.

Miróle el portero sonriendo, y él se sonrió también, movido de temor y esperanza, diciendo:

—¿Puedo entrar, Maestro?

X

Tantas veces le llamó Gamborena, hablándole con la boca casi pegada á la oreja, que al fin respondió, como despertando.

—Sí, Maestro, sí me he quedado con las ganas de saber...

—¿Qué?

—Si me dejaba entrar ó no. Á ver... ¿tiene ahí las llaves?

—No piense en las llaves, y dígame con brevedad si son sinceros sus deseos de entrar, si ama á Jesucristo y anhela ser con Él, si reconoce sus pecados, el vicio infame de la avaricia, la crueldad con los inferiores, la falta absoluta de piedad para con el prójimo, la tibieza de sus creencias.

—Reconozco—dijo Torquemada con sorda voz, que apenas se oía.—Reconozco..., y confieso.