—¿Qué entiende usted por salvarse?
—Vivir.
—No estamos de acuerdo: salvarse no es eso.
—¿Quiere usted decir que debo morirme?
—Yo no digo que usted debe morirse, sino que el término de la vida ha llegado, y que es urgente prepararse.
La estupefacción paralizó la lengua de Torquemada, que por un mediano rato tuvo clavados sus ojos en el rostro del confesor.
—¿De modo que... no hay remedio?
—No.
Pronunció este no el sacerdote con la calculada energía que el caso, á su parecer, demandaba, creyendo cumplir con un deber de conciencia, dentro de las atribuciones de su alto ministerio. Fué como un hachazo. Creyó que debía darlo, y lo dió sin consideración alguna. Para Torquemada fué como si una mano de formidable fuerza le apretara el cuello. Puso los ojos en blanco, soltó de su boca un sordo mugido, y cuerpo y cabeza se hundieron más en las blanduras del lecho, ó al menos pareció que se hundían.
—Hermano mío—le dijo Gamborena,—más propia de un buen cristiano es en estos instantes la alegría que la aflicción. Considere que abandona las miserias de este mundo execrable, y entra á gozar de la presencia de Dios y de la bienaventuranza, premio glorioso de los que mueren en el aborrecimiento del pecado y en el amor de la virtud. Basta con que dirija todos sus pensamientos, todas sus facultades á Jesús divino, y le ofrezca su alma. Ánimo, hijo mío, ánimo para renunciar á los bienes caducos y á toda esta putrefacción terrenal; y fervor, amor, fuego del alma para remontarse al seno de Nuestro Padre, que amoroso ha de recibirle en sus brazos.