—Sr. D. Francisco—le dijo, sacudiéndole por un brazo.

No respondió hasta la tercera vez.

—Sr. D. Francisco, óigame un instante.

—Déjeme ahora... Estaba pensando... Vamos, que me veía en aquellas fechas..., cuando entré en el Real Cuerpo de Alabarderos, y me puse por primera vez el uniforme.

—¿Por ventura, no tenemos ahora cosa de más provecho en qué pensar?

—Sí..., me siento bien, y pienso en mis cosas.

—¿Y no teme que pronto puede sentirse mal?

—Usted me ha dicho que me restableceré.

—Eso se dice siempre para consolar á los pobres enfermos. Pero á un hombre de carácter entero y de inteligencia superior, no se le debe ocultar la verdad.

—¿No me salvaré?—preguntó de súbito don Francisco, abriendo mucho los ojos.