—¡Por Dios, déjese de eso!... Piense en Jesús y en su Santísima Madre.

—Jesús y su Santísima Madre... ¡Qué buenos son y con qué gusto les rezo yo para que me concedan la vida!

—Pídales que le concedan la inmortal, la verdadera salud, que jamás se pierde.

—Ya lo he pedido... y mis oraciones y las de usted, padrito, y las de Cruz... y las de todos han llegado al cielo..., donde se tiene muy en cuenta lo que piden las personas formales... Yo rezo, pero me distraigo alguna vez... porque me vienen al pensamiento cosas de mi juventud, que ya tenía olvidadas... ¡Esto sí que es raro! Ahora me acordaba de un sucedido... allá... cuando yo era muchacho... y lo veía tan claro como si me encontrase en aquel momento histórico.

Animándose poco á poco, prosiguió así:

—Ocurrió esto el día que llegué á Madrid. Tenía yo dieciséis años. Vinimos juntos yo y otro chico, que... le llamaban Perico Moratilla, y después fué militar y murió en la guerra de África... ¡Guapo chico! Pues como le digo, llegamos á la Cava Baja con lo puesto, y sin una mota. ¿Qué comeríamos? ¿Dónde pasaríamos la noche? Allá conseguimos de una vieja pollera, viuda de un maragato, unos mendrugos de pan... Moratilla tenía en su morral un pedazo grande de jabón, que le dieron más acá de Galapagar. Quisimos venderlo; no pudimos. Llegó la noche, y velay que hicimos nuestra alcoba arrimados á los cajones de la Plazuela de San Miguel... Dormimos como unos canónigos hasta la madrugada, y al despertar, á entrambos se nos antojó tomar venganza de la puerquísima humanidad que en aquel desamparo nos tenía. Antes de que Dios amaneciera, nos fuímos á la escalerilla de la Plaza Mayor, y untamos de jabón todos los escalones de la mitad para arriba... Luego nos pusimos abajo, á ver caer la gente. Tempranito empezaron á pasar hombres y mujeres, y á resbalar, ¡zás! Era una diversión. Bajaban como balas, y algunos iban disparados hasta la calle de Cuchilleros... Este se rompía una pierna, aquél se descalabraba, y mujer hubo que rodó con las enaguas envueltas en la cabeza. En mi vida me he reído más. Ya que no comíamos, nos alimentábamos con la alegría. ¡Cosas de muchachos...! Fué una maldad. Pues tome nota, y ahí tiene un pecado que no le dije porque de él no me acordaba.

IX

Gamborena no le contestó. Le afligía la falta de unción religiosa que el enfermo mostraba, y la rebeldía de su espíritu ante el inevitable tránsito. Ó no creía en él, ó creyéndolo, se rebelaba contra la divina sentencia poseído de furor diabólico. Testarudo era el misionero, y no se dejaría quitar tan fácilmente la presa. Observóle el rostro, queriendo penetrar con sagaz mirada en su pensamiento, y ver qué ideas bullían bajo el amarillo cráneo, qué imágenes bajo los párpados abatidos. Hombre de mucha práctica en aquellos negocios, y expertísimo en catequizar sanos y moribundos, recelaba que el espíritu maligno, burlando las precauciones tomadas contra él, hubiese ganado solapadamente la voluntad del desdichado Marqués de San Eloy, y le tuviese ya cogido para llevársele. El buen sacerdote se preparó á luchar como un león; examinado el terreno y elegidas las armas, se trazó un plan, cuya estructura lógica se comprenderá por el siguiente razonamiento:

«Este desdichado es todo egoísmo, con su poco de orgullo, y desmedido amor á las riquezas. En el egoísmo, enorme peso, monstruoso bulto, hace presa el maldito Satán; la codicia le infunde su ardiente anhelo de vivir. Adora su yo, su personalidad viva, y mientras tenga esperanza de conservarse en sí, como es, no se conformará con la muerte, no dará entrada en su alma á la compunción ni á la gracia divina. Que pierda la esperanza, y el egoísmo se debilitará. Duro es, y á veces inhumano, quitar á los moribundos la última esperanza, cortar la hebra tenue con que el instinto se agarra á las materialidades de este mundo. Pero hay casos en que conviene cortarla, y yo la corto, sí, porque en ello veo, en conciencia, el único medio de arrancar al demonio maldito lo que no debe ser suyo, no y no mil veces... no lo será.»

Pensando esto, se dispuso á obrar con presteza.