—No hay nada de lo tratado, y tiempo de sobra tenemos para revocarlo. Todo lo que la ley permita, y algo más que yo agencie con mis combinaciones, para Valentín, ese pedazo de ángel bárbaro y en estado de salvajismo bruto, pero sin malicia. ¡Y que no quiere poco á su padre el borriquito de Dios! Ayer me decía: pa pa ca ja ta la pa, que quiere decir: «verás qué bien te lo guardo todo». Claro, con un buen consejo de familia, que cuide de alimentar al niño y tenerlo aseado, se pueden ir acumulando los intereses, y aumentar el capital. Y luego, en la mayor edad, el hombrecito mío ha de ser todo lo que se quiera, menos pródigo, pues de eso sí que no tiene trazas. Será cazador, y no comerá más que legumbres. Ni tendrá afición al teatro, ni á la poesía, que es por donde se pierden los hombres, y esconderá el dinero en una olla para que no lo vea ni Dios... ¡Oh, qué hijo tengo, y qué gusto trabajar todavía unos cuantos años, muchos años, para llenarle bien su hucha!
Ya de día se contuvo el desorden cerebral; pero los fenómenos gástricos y nerviosos tomaron ya un carácter de franca insurrección, que anunciaba el término de la vida. Pronunciada por el médico la fatal sentencia, la Facultad se declaraba vencida. Sólo Dios podía salvarle, si tal era su santa voluntad; mas para ello tenía que hacer un milagro, en opinión de Miquis. Milagro ó favor, la testaruda Cruz no desesperaba de obtenerlo, y allí fué el discurrir y poner en práctica cuantos medios inspiraba la fe para impetrar de la Misericordia Divina la salud del excelentísimo señor Marqués viudo de San Eloy, y demás hierbas. Se repartieron limosnas en cantidad considerable, misas sin número fueron dichas en diferentes iglesias y oratorios, pidióse por telégrafo á Roma la bendición Papal, y en fin, como suprema efusión de la piedad, se determinó, previa licencia del señor Obispo, poner de Manifiesto el Santísimo en la capilla del palacio. Dicha la misa por Gamborena, quedó después expuesta Su Divina Majestad en magnífica custodia con viril de oro guarnecido de piedras preciosas que, con otras alhajas del culto, procedían, como el palacio, de la liquidación y saldo de Gravelinas. Sacerdotes y hermanitas en regular número, velaban el Santísimo, turnando de dos en dos en la guardia. Adornóse la capilla con las mejores preseas, y fueron encendidas multitud de luces. Todo era recogimiento y devoción en la suntuosa morada: las visitas entraban en ella como en la iglesia, pues desde que ponían el pie en el vestíbulo, notaban todos algo de patético y solemne, y les daba en la nariz el ambiente de catedral. Ocurría lo que se cuenta, en la primera quincena de Mayo, próxima ya la festividad de San Isidro, día grande de Madrid.
Gamborena, instalado provisionalmente en la casa, pasaba en la alcoba del paciente todo el tiempo que el servicio de la capilla le permitía. Sentado junto á la cama, leía en su breviario, sin desatender al enfermo; y si este rezongaba ó pedía de beber, dejaba el libro encima de la colcha para responderle ó servirle. Por la mañana, el abatimiento y taciturnidad de D. Francisco eran tan grandes como su excitación en la noche precedente. Sólo contestaba con monosílabos que más bien parecían gruñidos, y cerraba los párpados, como vencido de un sopor ó cansancio invencibles. Era el agotamiento de la energía muscular y nerviosa, el desgaste total de la máquina, cuyas piezas no engranaban ya, y apenas se movían. En cambio, las facultades mentales aparecían más despejadas, cuando por breve instante el sueño les permitía manifestarse.
—Amigo del alma, hermano mío—díjole Gamborena, acariciando sus manos,—¿se siente usted mejor? ¿Tiene conciencia de sí?
Con la cabeza contestó Torquemada afirmativamente.
—¿Se ratifica en lo que me declaró ayer, se somete á la voluntad de Dios, y cree en Él y en su divina misericordia?
Nueva contestación afirmativa con el mismo lenguaje mímico.
—¿Renuncia á todas las vanidades, se despoja de su egoísmo como de una vestidura pestilente, y humilde, pobre, desnudo, pide el perdón de sus culpas, y anhela ser admitido en la morada celestial?
No habiendo obtenido respuesta, repitió el misionero la pregunta, agregando conceptos muy del caso. De improviso abrió el infeliz Torquemada los ojos, y como si nada hubiera oído de lo que su confesor le decía, salió por otro registro, con voz cavernosa, tomando aliento cada cuatro palabras.
—Estoy muy débil... pero con los reparos saldré adelante, y no me muero, no me muero. Ya tengo bien calculadas las combinaciones de la conversión...