—Hermano mío—le dijo apretándole las manos,—piense en Dios, en su Santísima Madre; confórmese con la voluntad divina, y se le disiparán esas tinieblas que quieren invadirle el entendimiento. La oración le devolverá la tranquilidad.

—Déjeme, déjeme, señor misionero—replicó el tacaño airado, descompuesto, fuera de sí,—y váyase á donde fué el padre Padilla... ¿Y mi capa, dónde está? Bien puede devolvérmela... La necesito, tengo frío, y no he trabajado yo toda la vida para el obispo, ni para que cuatro holgazanes se abriguen con mi paño.

Consternados le oían todos, sin saber qué decirle ni por qué procedimientos traerle al reposo y á la conformidad. Como había rechazado á Gamborena, rechazó á Rufinita, diciéndole:

—Quita allá, espíritu de la golosina. ¿Crees que me engatusas con tus arrumacos de gata ladrona? ¡Te relames, preparando las uñitas! Todo para cazar el tercio... Pues no hay tercio. Límpiate los hocicos, que los tienes de huevo. Lo mismo que esa otra, esa que antes se ponía moños conmigo, y ahora me quiere camelar la hipócrita, la excelentísima señora cernícala, más que águila, que desde que caí malo está tocando el cielo con las uñas. ¡Cazarme un tercio para los de misa y olla!... esa engarza-rosarios, ama de San Pedro.

VIII

En cuanto Miquis le vió, túvole en su interior por hombre acabado. Un día, hora más, hora menos, le separaba de la insondable eternidad. Y como le ordenase paliativos, sin más objeto que hacer menos dolorosos sus últimos instantes, díjole Torquemada con aspereza:

—¿Pero en qué piensa usted, señor doctor, que no me quita esta birria de enfermedad? Veo que ó no saben ustedes una patata, ó que no quieren curar de veras más que á los pobres de los hospitales, que maldita la falta que hacen á la humanidad. ¿Les cae un rico por delante? Pues á partirlo por el eje... Eso, eso; á dividir la riqueza, para que las naciones se debiliten, y no haya jamás un presupuesto verdad. Yo digo: «vivamos para nivelar», y ustedes, los de la Facultad, dicen: «nivelemos matando». Ya se lo dirán á ustedes de misas... Y otra cosa: si alguien quisiera salvarme de veras, procedería á ponerme reparos en la boca del estómago. Porque, lo que yo digo, ¿no hay más modo de alimentarse que comiendo? En mi sentir, bien se puede vivir sin comer. Y voy más allá: ¿á qué obedece el comer? Á fomentar un vicio, la gula. Aplíquenme los reparos, y verán cómo me alimento por el rezumo de los líquidos, vulgo absorción. Nada se les ocurre: yo tengo que pensarlo todo, y si no fuera por mi talento natural, era hombre perdido, y al menor descuidillo ya tenía usted á la loquinaria del alma echándose á volar, y dejándome aquí con dos palmos de narices.

Pusiéronle los reparos, aunque sólo eran remedio sugestivo, y el hombre se calmó un poco, sin parar por eso en su desatinada palabrería.

—Óigame usted, padre—dijo á Gamborena cogiéndole una mano,—aquí no hay más persona decente que mi hijo, el pobre Valentín, que por lo mismo que no discurre, es incapaz de hacerme daño, ni de desear mi fallecimiento. Para él ha de ser todo, el día en que el Señor se sirva disponer que yo suba al Cielo, día que está lejos aún digan lo que quieran. Se hará la liquidación de gananciales, para que esa sanguijuela de Rufina no se chupe lo que no le pertenece; y en cuanto á la capa, ó sea el tercio libre, le digo á usted que vuelve á mi poder, sin que esto quiera decir que no dé algo, una cosa prudencial, verbigracia, un chaleco en buen uso.

Y á Donoso, que también acudió á su llamamiento, le dijo: