—Ahora que marchamos de acuerdo, hemos de hacer algo que sea muy sonado.

Poco le duraron estas bonitas esperanzas, porque á la madrugada, después de un letargo brevísimo, se sintió mal. Viva inquietud, picazones en la epidermis tuviéronle largo rato dando vueltas en la cama y tomando las más extrañas posturas. Maldecía y renegaba, olvidado de su flamante cristianismo, culpando á la familia, al ayuda de cámara, que le había echado pica-pica en las sábanas, para impedirle dormir. De improviso presentáronse vivos dolores en vientre que le hicieron prorrumpir en gritos descompasados, y encorvarse, y retorcerse, cerrando los puños y desgarrando las sábanas:

—Pues esto—decía, con espumarajos de ira,—no es más que debilidad... El estómago que se subleva contra el no comer... ¡Maldito médico! me está matando. ¡Y yo que, ahora mismo, me comería medio cabrito!...

Aplicóle Quevedo algunas inyecciones, y diéronle caldo helado. Pero no había concluído de tragarlo, cuando las horribles arcadas y mortales angustias demostraron la incapacidad de aquel infeliz estómago para recibir alimento.

—¿Pero qué demonios me habéis dado aquí?—decía en medio de sus ansias.—Esto sabe á infierno... Se empeñan en matarme, y han de salirse con ella, por no tener yo á nadie que mire por mí, ¡Señor, Señor, confúndeles, confunde á nuestros enemigos!

Desde aquel momento cesó en él toda tranquilidad de cuerpo y de espíritu, sus ojos se desencajaron, su boca no supo pronunciar una palabra cariñosa.

—¡Vaya, que este retroceso de ñales...! Aquí hay engaño... No, pues lo que es yo no me entrego... Que llamen á Miquis... ¡Menuda cuenta me va á poner ese danzante! Pero como no me cure, ya verá él... Ahí es nada lo del ojo... ¡Qué dirá la nación, qué la humanidad, qué el mismísimo Sér Supremo!... Vaya, que no le pago, si no me cura... Eh, Cruz, ya lo sabe usted. Si por casualidad me muero, la cuenta del médico no hay que abonarla... Que coja un trabuco y se vaya á Sierra Morena... ¡Oh, Dios mío, qué malo me he puesto!... Heme aquí con ganas de comer, y sin poder meter en mi cuerpo ni un buche de agua, por que lo mismo es tragarlo, que toda la economía se me subleva, y se arma dentro de mí la de Dios es Cristo.

Sentado en la cama, ya elevaba los brazos, echando la cabeza para atrás, ya se encorvaba, quedándose como un ovillo, la cara entre las manos, los codos tocando á las rodillas. Gamborena se acercó para recomendarle la paciencia y la conformidad. Encaróse con él D. Francisco y le habló así:

—¿Y qué me dice usted de esto, señor fraile, señor ministro del altar ó de la biblia en pasta?... ¿qué me cuenta usted ahora? Pues nos hemos lucido usted y yo... ¡Tan bien como iba! Y de repente, Cristo me valga, de repente me da este achuchón, que... cualquiera diría que me ronda la muerte. Esto es un engaño, una verdadera estafa, sí señor... no me callo, no... Me da la gana de decirlo: yo soy muy claro... ¡Ay, ay! El alma se me quiere arrancar... ¡bribona!... ya sé yo lo que tú quieres, largarte volando, y dejarme aquí hecho un montón de basura. Pues te fastidias, que no te suelto... ¡No faltaba más sino que usted, señora alma, voluntariosa, hi de tal, pendanga, se fuera de picos pardos por esos mundos!... No, no... fastidiarse. Yo mando en mi santísimo yo, y todas esas arrogancias de usted, me las paso yo por las narices, so tía... ¿Qué dice usted, señor Gamborena, mi particular amigo?... ¿Por qué me pone esa cara? ¿También usted es de los que creen que me muero? Pues el Señor, su amo de usted propiamente, me ha dicho á mí que no, y que se fastidie usted y todos los curánganos que ya se están relamiendo con la idea del sin fin de misas que van á decir por mí... Aliviarse, señores, y espérenme sentados.

En verdad que el buen misionero no sabía qué decirle, pues si al principio fué su intención reprenderle por aquel ridículo y bestial lenguaje, luego entendió que, estando su mente trastornada, no tenía conciencia ni responsabilidad de tan atroces conceptos.