—Justo...—agregó Torquemada con énfasis.—No sé por qué razón no ha de mirar Su Divina Majestad las cosas financieras, como mira un buen padre los trabajos diferentes á que se dedican sus hijos. Es muy raro esto, señores beatos: que en cuanto se habla de dinero, del santo dinero, habéis de poner la cara muy compungida. ¡Biblias! Ó el Señor tira de la cuerda para todos, ó para ninguno. Ahí tiene usted á los militares, cuyo oficio es matar gente, y nos hablan del Dios de las Batallas. Pues ¿por qué, ¡por vida de los ñales! no hemos de tener también el Dios de las Haciendas, el Dios de los Presupuestos, de los Negocios ó del Tanto más Cuánto?

VII

—Por mí—replicó Donoso,—que haya ese Dios, y cuantos á usted le acomoden. De la conversión hablaremos despacio, y ahora, calma, calma, hasta recobrar la salud por entero. Hablar poquito, y no discurrir más que lo absolutamente necesario... Y yo me voy á casa del notario á llevar estos apuntes. Todo podrá quedar concluído esta noche, y lo leeremos y firmaremos cuando usted disponga.

—Bien, mi querido amigo. Todo se hará según lo resolvimos ayer... ó anteayer: ya no me acuerdo. Ya se sabe: mi palabra es sagrada, sacratísima, como quien dice...

Fuese Donoso no sin advertir á la familia la hiperemia cerebral que D. Francisco revelaba; para que procurasen todos no dar pábulo á un síntoma tan peligroso. Así lo prometieron; más cuando pasaron á la cabecera del enfermo, halláronle calmado. No les habló de negocios, sino de su conformidad con la voluntad del Señor. En verdad que el hombre estaba edificante. Sus ojuelos resplandecían febriles, y sus manos acompañaban con gesto expresivo la palabra. Hablóle Cruz de cosas místicas, de la infinita misericordia de Dios, de lo preciosa que es la eternidad, y él contestaba con breves frases, mostrándose en todo conforme con su ilustre hermana, y añadiendo que Dios castiga ó premia á los individuos y á las nacionalidades, según los merecimientos de cada cual.

—Naturalmente, á la nación que profesa la verdad, y es buena católica la protege y hasta la mima. Esto es obvio.

Continuó toda la prima noche en relativa tranquilidad, y á eso de las nueve y media, llegaron los testigos para el testamento, cuya lectura y firma no quiso diferir Donoso, pues si era muy probable que D. Francisco continuase en buena disposición al siguiente día, también podría suceder lo contrario, y que su cabeza no rigiese. La misma opinión sostuvo Gamborena: cuanto más pronto se quitase de en medio aquel trámite del testamento, mejor. Reunidos en el salón los testigos, mientras aguardaban al notario, Donoso les dió una idea, á grandes rasgos, de la estructura y contenido de aquel documento. Empezaba el testador con la declaración solemne de sus creencias religiosas, y con su acatamiento á la santa Iglesia. Ordenaba que fuesen modestísimas sus honras fúnebres, y que se le diese sepultura junto á su segunda esposa la Excelentísima... etc... Dejaba á sus hijos, Rufina y Valentín, los dos tercios de su fortuna, designando para cada uno partes iguales, ó sea el tercio justo. Esta igualdad entre la legítima de los dos hijos, el de la primera y la segunda esposa, fué idea de Cruz, que todos alabaron, como una prueba más de la grandeza de alma de la ilustre señora. Si se hacía la liquidación de gananciales, la parte de Valentín habría de ser mayor que la de Rufinita. Más sencillo y más generoso era partir por igual, fijando bien los términos de la disposición para evitar cuestiones ulteriores entre los herederos. En otra cláusula era nombrado el Sr. Donoso tutor de Valentín, y se tomaban las precauciones oportunas para que la voluntad del testador fuera puntualmente cumplida.

Y, por fin, el tercio del capital se destinaba íntegro á obras de piedad, nombrándose una junta que con los señores testamentarios procediese á distribuirlo entre los institutos religiosos que el testador designaba. Enterados de las bases, disertaron luego los señores testigos sobre la cuantía del caudal que se dejaba por acá el señor D. Francisco al partir para el otro mundo. Las opiniones eran diversas: quién se dejaba correr á cifras más que fabulosas; quién opinaba que más era el ruido que las nueces. El buen amigo de la casa, orgulloso de poder dar en aquel asunto los informes más cercanos á la verdad, afirmó que el capital del señor Marqués, viudo de San Eloy no bajaría de treinta millones de pesetas, oído lo cual por los otros, abrieron un palmo de boca, y cuando el estupor les permitió hablar, ensalzaron la constancia, la astucia y la suerte, fundamentos de aquel desmedido montón de oro.

Llegado el notario, procedióse á la lectura, durante la cual mostró el testador serenidad, sin hacer observación alguna, como no fuera un par de frasecillas alusivas á la desmesurada longitud del documento. Pero todo tiene su término en este mundo: la última palabra del testamento fué leída, y firmaron todos, Torquemada con mano un tanto trémula. Donoso no ocultaba su satisfacción por ver felizmente realizado un acto de tantísima transcendencia. El enfermo fué congratulado por su mejoría, que él corroboró de palabra, atribuyéndola á la infinita misericordia de Dios, y á sus inexcrutables designios, y le dejaron descansar, que bien se lo merecía después de tan larga y no muy amena lectura.

Tras el notario, el médico, que incitó á don Francisco al reposo, prohibiéndole toda cavilación, y asegurándole que cuanto menos pensara en negocios más pronto se curaría. Dispuso algunas cosillas para el caso, no improbable, de que se presentasen fenómenos de extremada gravedad, y se fué, indicando á la familia su propósito de volver á cualquier hora que se le llamase, y añadiendo su escasa confianza en aquel alivio engañoso y traicionero. Con tales augurios, quedáronse á velar Rufinita, Cruz y el sacerdote. Muy sosegado en apariencia seguía Torquemada, pero sin sueño, y con ganas de que le acompañaran y le dieran conversación. Repetía las seguridades de su restablecimiento próximo, y satisfecho de haber hecho las paces con Dios y con los hombres, fundaba en aquella cordialidad de relaciones mil proyectos risueños.