—Se pedirá, hombre, se pedirá, y las Cortes la concederán. No se apure usted.
—Yo no me apuro, digo que no debemos, por el momento, pensar en esas cosas.
—Pero venga usted acá. Al sentirme aliviado y en vías de curación, veo yo la voluntad de Dios tan clara, que más no puede ser. Y el Señor, dígase lo que se quiera, me devuelve la vida, á fin de que yo realice un proyecto tan beneficioso para la humanidad, ó, sin ir tan lejos, para nuestra querida España, nación á quien Dios tiene mucho cariño. Vamos á ver: ¿no es España la nación católica por excelencia?
—Sí, señor.
—¿No es justo y natural que Dios, ó sea la Divina Providencia, quiera hacerle un gran favor?
—Seguramente.
—Pues ahí lo tiene usted: ahí tiene por qué el Sumo Hacedor no quiere que yo me muera.
—¿Pero usted cree que Dios se va á ocupar ahora de si se hace ó no se hace la conversión del Exterior en Interior?
—Dios todo lo mueve, todo lo dirige, lo mismo lo pequeño que lo grande. Lo ha dicho Gamborena. Dios da el mal y el bien, según convenga, á los individuos y á las naciones. Á los pájaros les da el granito ó la pajita de que se alimentan, y á las colectividades... ó un palo cuando lo merecen, verbigracia, el Diluvio Universal, las pestes y calamidades, ó un beneficio, para que vivan y medren. ¿Le parece á usted que Dios puede ver con indiferencia los males de esta pobre nación, y que tengamos los cambios á veintitrés? ¡Pobrecito comercio, pobrecita industria, y pobrecitas clases trabajadoras!
—Sí, muy bien. Me gusta esa lógica—díjole Donoso, creyendo que era peor contrariarle.—No hay duda de que el Autor de todas las cosas desea favorecer á la católica España, y para esto, ¿qué medio mejor que arreglarle su Hacienda?