Cualquiera que fuese el sentido de lo que Valentinico expresar quería, ello es que mostraba en aquella ocasión una docilidad, un filial cariño que á entrambas las tenía maravilladas. Recostado en el seno de su madre, la acariciaba con sus manecitas sucias, y tenía su rostro una expresión de contento y placidez en él muy extraña. Fidela, que padecía de una pertinaz opresión y fatiga torácica, se cansó al fin de aquel peso descomunal; pero al querer traspasarlo al suelo ó á los brazos de la niñera, se descompuso el crío, y adiós docilidad, adiós mansedumbre.

—No llores, rico, que te den tu látigo, dos látigos, y juega un poquitín por ahí. Pero no rompas nada.

Felizmente, el berrinche no fué de los más ruidosos; el heredero de San Eloy salió renqueando por aquellas salas, y á poco se le oyó imitando el asmático aullar de un perro enfermo que en los bajos de la casa había. Cruz, que volvió con jaqueca de la segunda sesión con los señores sabios, dispuso que la niñera se llevara al bebé á un aposento lejano para que no molestase con sus desacordes chillidos, y entró á ver á su hermana.

—Regular—le dijo ésta.—La fatiga me molesta un poco. ¿Y qué tal tú?.

—Loca, loca ya. Y aún tenemos arte y erudición para rato. ¡Qué mareo, Virgen Santísima!

—Porque no tienes tú—dijo Augusta con gracejo,—aquella sandunga de mi padre para trastear á los amateurs, y á todos los moscones del fanatismo artístico. Á papá no le mareaba nadie, porque él poseía el don de marear á todo el mundo. Nadie le resistía, y cuando alguno de extraordinaria pesadez le caía, por delante, empezaba á sacar y sacar objetos preciosos con tal prontitud, y á enjaretar sobre cada uno de ellos observaciones tan rápidas, vertiginosas é incoherentes, que no había cabeza que le resistiera, y los más fastidiosos salían de estampía, sin ganas de volver á parecer por allí... Tú no puedes practicar este sistema, para el cual se necesita un carácter socarrón y maleante, y además has de reservar todo tu talento para otras cosas, quizás más difíciles... Á ver... cuéntanos lo que pasó en ese almuerzo, y qué prodigios de esgrima has tenido que hacer para parar algún golpe desmandado del eximio... ¿No le llama así el periódico, siempre que le nombra? Pues juraría que el eximio ha hecho hoy alguna de las suyas.

—Pasmaos: ha estado correctísimo y discretísimo—replicó la primogénita sentándose para descansar un patito.—Á mí no me dijo una palabra, de lo que me alegré mucho. Pero ¡ay!... cuando yo ví que metía su cucharada en la conversación, me quedé muerta... «Adiós mi dinero—pensé.—Ahora es ella.» Pero Dios le inspiró sin duda. Todo lo que dijo fué tan oportuno...

—¡Ah, qué bien!—exclamó Fidela alborozada.—¡Pobre eximio de mi alma! Si digo yo que tiene mucho talento cuando quiere.

—Dijo que en las artes y las ciencias, reina hoy el más completo caos.

—¡El más completo caos! Bien, bravísimo.