—Que todo es un caos, un caos la literatura, un caos de padre y muy señor mío la crítica de artes y letras, y que nadie sabe por dónde anda.
—¿Has visto...?
—¡Vaya si sabe! Luego dicen...
—Quedáronse aquellos señores medio lelos de admiración, y celebraron mucho la especie, conviniendo en que lo del caos es una verdad como un templo. Por fortuna, poco más dijo, y su laconismo fué interpretado como reconcentración de las ideas, como avaricia del pensamiento y sistema de no prodigar las grandes verdades... Con que... no entretenerme más aquí. Me llaman mis deberes de cicerone.
Su hermana y la amiguita quisieron retenerla; pero no se dió á partido. Por desgracia de las tres, el día estaba malísimo, y no había esperanza de que los dos ilustres investigadores de arte é historia se fuesen á dar un paseíto para despejar la cabeza. Nevaba con furiosa ventisca; cielo y suelo rivalizaban en tristeza y suciedad. La nieve, que caía en rachas violentísimas de menudos copos, no blanqueaba los pisos y en el momento de caer se convertía en fango. El frío era intenso en la calle y aun dentro de las bien caldeadas habitaciones, porque se colaba con hocico agudísimo por cuantas rendijas hallara en ventanas y balcones, burlando burletes, y riéndose de chimeneas y estufas. Sorprendidas las tres damas del furioso viento que azotaba los cristales, aproximáronse á ellos, y se entretuvieron en observar el apuro de los transeuntes, á quienes no valía embozarse hasta las orejas, porque el aire les arrebataba capas y tapabocas, á veces los sombreros. Esto y el cuidado de evitar resbalones, hacía de ellos, hombres y mujeres, figuras extrañas de un fantástico baile en las estepas siberianas.
—Mira tú qué desgracia de día—dijo Cruz con grandísimo desconsuelo.—Para que en todo resulte aciago, hoy no podrá venir el padrito.
—Claro, ¡vive tan lejos!
—¡Y si le coge un torbellino de nieve! No, no, que no salga, ¡pobrecito!
—Mándale el coche.
—Sí; para que lo devuelva vacío, y se venga á pie, como el otro día, que diluviaba.