—¿Pero tú crees—indicó Augusta,—que á ese le arredran ventiscas ni temporales?
—Claro que no... Pero veréis como no viene hoy. Me lo da el corazón.
—Pues á mí me dice que viene—afirmó Fidela.—¿Queréis apostarlo? Y mi corazón á mí no me engaña. Hace días que todo lo acierta este pícaro. Es probado; siempre que duele, dificultando la respiración se vuelve adivino. No me dice nada que no salga verdad.
—Y ahora te dirá que te retires del balcón, y procures no enfriarte. Eso es: enfríate, y después viene el quejidito, y las malas noches, el cansancio y el continuo toser.
—¡Que me enfríe, mejor!—replicó Fidela con voz y acento de niña mimosa, dejándose llevar al sofá.—Me dice el corazón que pronto me he de enfriar tanto, tanto, que no habrá rescoldo que pueda calentarme. Ea, ya estoy tiritando. Pero no es cosa, no. Ya me pasa. Ha sido una ráfaga, un besito que me ha mandado el aire de la calle al través de los cristales empañados. Anda, vete, que tus sabios están impacientes, y el de las pinturas echándote muy de menos.
—¿Cómo lo sabes?
—Toma: por mi doble vista. ¿Qué? ¿No creéis en mi doble vista? Pues os digo que el padre Gamborena viene para acá. Y si no está entrando ya por el portal, le falta poco.
—¿Á que no?
—¿Á que sí?
Salió presurosa la primogénita, y á poco volvió riendo: