—¡Vaya con tu doble vista! No ha venido ni vendrá: Mira, mira cómo cae ahora la nieve.

Ello sería casualidad, ¡quién lo duda! pero no habían pasado diez minutos cuando oyeron la voz del gran misionero en la estancia próxima, y las tres acudieron á su encuentro con grandes risas y efusión de sus almas gozosas. Había dejado el bendito cura en el piso bajo su paraguas enorme y su sombrero, y la poca nieve que traía en el balandrán se le derritió en el tiempo que tardara en subir. Al entrar, quitábase los negros guantes, y se sacudía un dedo de la mano derecha con muestras de dolor:

—Hija mía—dijo á Fidela,—me ha mordido tu hijo.

—¡Jesús!—exclamó Cruz,—¿habráse visto picaruelo mayor? Le voy á matar.

—Si no es nada, hija. Pero me hincó el diente. Quise acariciarle. Estaba dando latigazos á diestro y siniestro. La suerte es que sus dientecillos no traspasaron el guante. ¡Vaya un hijo que os tenéis...!

—Muerde por gracia—indicó Fidela con tristeza.—Pero hay que quitarle esa fea costumbre. No, si no lo hace con mala intención, puede usted creerlo.

X

—En efecto, la intención no debe de ser mala—dijo el misionero con donaire;—pero el instinto no es de los buenos. ¡Qué geniecillo!

—Pues para el día que tenemos, y para lo perdidas que están las calles—observó Cruz sin quitar la vista del padrito, que á la chimenea se arrimaba,—no trae usted el calzado muy húmedo.

—Es que yo poseo el arte de andar por entre lodos peores que los de Madrid. No en balde ha educado uno el paso de grulla en los arrecifes de la Polinesia. Sé sortear los baches, así como los escurrideros, y aun los abismos. ¿Qué creéis?