—Lo que es hoy—dijo Fidela,—sí que no se va sin comer. Y comerá con nosotras, si nos prefiere á los sabios que están abajo.
—Hoy no se va, no se va. Es que no le dejamos—afirmó Cruz, mirándole con un cariño que parecía maternal.
—No se va—repitió Augusta,—aunque para ello tengamos que amarrarle por una patita.
—Bueno, señoras mías—replicó el sacerdote con expansivo acento,—hagan de mí lo que quieran. Me entrego á discreción. Dénme de comer si gustan, y amárrenme á la pata de una silla, si es su voluntad. La crudeza del día me releva de mis obligaciones callejeras.
—Y lo mejor que podría hacer es quedarse en casa esta noche—agregó Cruz.—¿Qué? ¿Qué tiene que decir? Aquí no nos comemos la gente. Le arreglaríamos el cuarto de arriba, donde estaría como un príncipe, mejor sería decir como un señor cardenal.
—Eso sí que no. Más hecho estoy á dormir en chozas de bambú que en casas ducales. Lo que no impide que me resigne á morar aquí, si para algo fuese necesaria mi presencia.
Cruz le incitó á quitarse el balandrán, que estaba muy húmedo, y ninguna falta le hacía en el bien templado gabinete, y él accedió, dejando que la ilustre señora le tirara de las mangas.
—Ahora, ¿quiere tomar alguna cosa?
—Pero, hija, ¿qué idea tienes de mí? ¿Crees que soy uno de estos tragaldabas que á cada instante necesitan poner reparos al estómago?
—Algún fiambre, una copita...