—Que no.

—Pues yo sí quiero—dijo Fidela con infantil volubilidad.—Que nos traigan algún vinito por lo menos.

—¿Porto?

—Por mí, lo que quieras. Echaré un pequeño trinquis con estas buenas señoras.

Salió Cruz, y Gamborena habló otra vez de Valentinico, encareciendo la urgencia de poner en su educación alguna más severidad.

—Me da mucha pena castigarle—repuso Fidela.—El angelito no sabe lo que hace. Hay que esperar á que pueda tener del mal y del bien una idea más clara. Su entendimiento es algo obtuso.

—Y sus dientes muy afilados.

—Pues ese... donde ustedes le ven..., ese va á ser listo—afirmó Augusta.

—¡Como que sabe más...! Padre Gamborena, haga el favor de no ponerme esa cara tétrica cuando se habla del niño. Me duele mucho que se tenga mal concepto de mi brutito de mi alma y me duele más que se crea imposible el hacer de él un hombre.

—Hija mía, si no he dicho nada. El tiempo te traerá una solución.