—El tiempo... la muerte quizás... ¿Alude usted á la muerte?
—Hija de mi alma, no he hablado nada de la muerte, ni en ella pensé...
—Sí, sí. Esa solución de que usted habla—añadió Fidela con la voz velada y enternecida,—es la muerte: no me lo niegue. Ha querido decir que mi hijo se morirá, y así nos veremos libres de la tristeza de tener por único heredero á un...
—No he pensado en tal cosa; te lo aseguro.
—No me lo niegue. Mire que hoy estoy de vena. Adivino los pensamientos.
—Los míos no.
—Los de usted y los de todo el mundo. Esa solución que dice usted traerá... el tiempo no la veré yo, porque antes he de tener la mía, mi solución; quiero decir que me moriré antes.
—No diré que no. ¿Quién sabe lo que el Señor dispone? Pero yo jamás anuncié la muerte de nadie, y si alguna vez hablo de esa señora, hágolo sin dar á mis palabras un acento tremebundo. Lo que llamamos muerte es un hecho vulgar y naturalísimo, un trámite indispensable en la vida total, y considero que ni el hecho ni el nombre deban asustar á ninguna persona de conciencia recta.
—Vea usted por qué no me asusta á mí.
—Pues á mí sí, lo confieso—declaró Augusta—y que el padrito diga de mi conciencia lo que quiera: no me incomodo.