—Nada tengo yo que ver con su conciencia, señora mía—replicó el sacerdote.—Pero si algo tuviera que decir, no habría de callarlo, aunque usted se incomodara...

—Y yo recibiría sus reprimendas con resignación, y hasta con gratitud.

—Ríñanos usted todo lo que quiera—indicó Fidela, mordisqueando pastas y fiambres que acababan de traerle.—Ya se me ha pasado el mal humor. Y es más: si quiere hablarnos de la muerte, y echarnos un buen sermón sobre ella, lo oiremos... hasta con alegría.

—Eso no—dijo Augusta, ofreciendo al misionero una copa de Porto.—Á mí no me hablen de muerte, ni de nada tocante á ese misterio, que empieza en nuestros camposantos y acaba en el valle de Josafat. Yo encargo á los míos que cuando me muera me tapen bien los oídos... para no oir las trompetas del Juicio Final.

—¡Jesús, qué disparate!

—¿Teme usted la resurrección de la carne?

—No señor. Temo el Juicio.

—Pues yo sí que quiero oirlas—afirmó Fidela,—y cuanto más prontito mejor. Tan segura estoy de que he de irme al cielo, como de que estoy bebiendo este vino delicioso.

—Yo también... digo, no... tengo mis dudas—apuntó la de Orozco.—Pero confío en la Misericordia Divina.

—Muy bien. Confiar en la Misericordia—manifestó el padrito—siempre y cuando se hagan méritos para merecerla.