—Ya los hago.

—Á todas podrá usted poner reparos, señor Gamborena—observó la de San Eloy con una gravedad ligeramente cómica y de buen gusto—á todas menos á ésta, católica á machamartillo, que organiza solemnes cultos, preside juntas benéficas, y es colectora de dineritos para el Papa, para las misiones y otros fines... píos.

—Muy bien—dijo el padre, asimilándose la gravedad cómica de la Marquesita.—No le falta á usted más que una cosa.

—¿Qué?

—Un poco de doctrina cristiana, de la elemental, de la que se enseña en las escuelas.

—Bah... la sé de corrido.

—Que no la sabe usted. Y si quiere la examino ahora mismo.

—Hombre, no: tanto como examinar... Á lo mejor se olvida una de cualquier cosilla.

—Nada importa olvidar la letra, si el principio, la esencia, permanecen estampados en el corazón.

—En el mío lo están.