—Me permito dudarlo.
—Y yo también—dijo Fidela, gozosa del giro que tomaba la conversación.—Esta, á la chita callando, es una gran hereje.
—¡Ay, qué gracia!
—Yo no; yo creo todo lo que manda la Santa Madre Iglesia; pero creo además otras muchas cosas.
—¿Á ver?
—Creo que la máquina, mejor dicho, el gobierno del mundo, no marcha como debiera marchar... Vamos, que el Presidente del Consejo de allá arriba tiene las cosas de este bajo planeta un tantico abandonadas.
—¿Bromitas impías? No sientes lo que dices, hija de mi alma; pero aun no sintiéndolo, cometes un pecado. No por ser chiste una frasecilla, deja de ser blasfemia.
—Anda, vuelve por otra.
—Pues no me digan á mí—prosiguió la de San Eloy,—que todo esto de la vida y la muerte está bien gobernado, sobre todo la muerte. Yo sostengo que las personas debieran morirse cuando quisiesen.
—¡Já, já!... ¡Qué bonito! Entonces, nadie querría morirse.