—Ah... no estoy de acuerdo, y dispénseme—dijo Augusta con seriedad.—Á todos, á todos absolutamente cuantos viven, aun viviendo miles de años, les llegaría la hora del cansancio. No habría un ser humano que no tuviera al fin un momento en que decir, ya no más, ya no más. Hasta los egoístas empedernidos, los más apegados á los goces, concluirían por odiar su yo, y mandarlo á paseo. Vendría la muerte voluntaria, evocada más que temida, sin vejez ni enfermedades. ¡Vaya, padrito, que si esto no es arreglar las cosas mejor de lo que están, que venga Dios y lo vea!
—Ya lo ha visto, y sabe que las dos tenéis la inteligencia tan dañada como el corazón. No quiero seguiros por ese camino de monstruoso filosofismo. Bromeáis impíamente.
—¡Impíamente!—exclamó Fidela.—No, padre. Bromeamos, y nada más. Cierto que cuando Dios lo ha hecho así, bien hecho está. Pero yo sigo en mis trece: no critico al Divino Poder; pero me gustaría que estableciera esto del morirse á voluntad.
—Es lo mismo que defender la mayor de las abominaciones, el suicidio.
—Yo no lo defiendo, yo no—declaró Augusta poniéndose pálida.
—Pues yo...—indicó la otra aguzando su mente,—sino lo defiendo, tampoco lo ataco... quiero decir... esperarse... que si no fuera por lo antipáticos que son todos los medios de quitarse la vida, me parecería... quiero decir... no me resultaría tan malo.
—¡Jesús me valga!
—No, no se asuste el padrito—dijo la de Orozco, acudiendo en auxilio de su amiga.—Déjeme completar el pensamiento de ésta. Su idea no es un disparate. El suicidio se acepta en la forma siguiente: Que una... ó uno, hablando también por cuenta de los hombres... se duerma, y conserve, en medio del sueño profundísimo, voluntad, poder, ó no sé qué, para permanecer dormido por los siglos de los siglos, y no despertad nunca más, nunca más...
—Eso, eso mismo... ¡qué bien lo has dicho!—exclamó Fidela batiendo palmas, y echando lumbre por los ojos.—Dormirse hasta que suenen las trompetitas...
Pausadamente cogió Gamborena una silla y se colocó frente á las dos señoras, teniendo á cada una de ellas al alcance de sus manos, por una y otra banda, y con acento familiar y bondadoso, al cual la dulzura del mirar daba mayor encanto, les endilgó la siguiente filípica: