—¿Yo?

—Usted, sí, usted que tiene las llaves.

—¿Yo?

—Lo dice mi marido, y lo cree, y por creerlo así le llama á usted San Pedro.

—Es una broma.

—¿Y no mereceré yo un poco de indulgencia?

—Indulgencia Dios la da.

—Pues mire usted, nadie me quita de la cabeza que la voy á necesitar pronto, muy pronto.

—¡Oh, no digas tal!

—Me lo pueden creer. Hace días vengo pensando en eso, en mi próxima muerte, y ahora, cuando usted hablaba, se me metió en la cabeza la idea de que ya estoy al caer, pero ya, ya...