—¡Qué tontería!
—Si no me asusto. Al contrario, lo miro con una tranquilidad... ¡Morir... dormir mucho tiempo! ¿No es eso, padre? ¿No es eso, Augusta?
Entró en aquel momento Cruz, y habiendo entendido algo de lo que su hermana decía, la reprendió con dulzura, fijándose en la expresión de su rostro. Debió éste de parecerle hipocrático en grado sumo, aunque no lo bastante para sentir alarma.
—Claro, te estás toda la tarde de palique y luego viene la fatiguita y la opresión. Tú no hagas más que oir, y habla lo menos que puedas; sobre todo no te pongas á defender los mil disparates que se te ocurren, porque en las discusiones te quedas sin aliento, y ya ves...
—Si no estoy mal—dijo Fidela, con dificultosa respiración.
—No, no estás mal. Pero yo que tú me acostaría. Ya ves qué día tenemos. Con todas las precauciones del mundo, y echando leña sin cesar en las chimeneas, no podemos evitar que te enfríes. ¿Verdad, padrito, que debe acostarse?
Las instancias de su hermana, reforzadas por Gamborena, llevarónla al lecho, donde se sintió mejor. Después de haber descabezado un sueñecillo, hallábase muy risueña y decidora. Augusta, que de su lado no se separaba, le mandó más de una vez que cerrase el pico.
Nada ocurrió en el resto del día digno de ser contado. Gamborena y Cruz charlaban en el gabinete de Fidela, y ésta en su alcoba se entretenía con Valentinico y con su fiel amiga. Ya entrada la noche, poco antes de la hora de comer, la Marquesita de San Eloy despertó de un breve y tranquilo sueño, respirando desahogadamente. ¡Qué bien estaba! Así lo creyó Augusta al acercarse á ella, inclinándose sobre el lecho. Llevóse la niñera al chiquitín para darle de comer, y entonces Fidela, acariciando la mano de su amiga, le dijo en el tono más natural del mundo:
—Tengo que decirte una cosa.
—¿Qué?